Por Paula Martino* para PRIMERA PLANA

Lucía pide verme antes del día acordado. Lucía está muy triste, angustiada. Llora, su llanto obtura su palabra, pero, entre lágrimas, puedo descifrar: “No me escribió más”.

Lucia tiene veintidós años. El motivo de consulta era su dificultad para iniciar y hacer perdurable un vínculo con un hombre, sin que esto implicase una relación de pareja formal, sino “algo más” que un contacto efímero y casual. Lucía sólo quería eso, un hombre que no “desaparezca” luego de un encuentro, que le envíe un mensaje para saber cómo estaba, o que al menos, le responda los suyos.

Nada de esto era posible. Cada nueva “relación” se desvanecía luego de uno o dos encuentros, sin que ella pudiese entender el porqué (era esto lo que más la angustiaba).

En su relato insistía con una frase cada vez que se refería a lo que sucedía con algún hombre que conocía en los lugares nocturnos que frecuentaba cuando salía con sus amigas: “Me lo comí”, lo que implicaba que había habido un encuentro físico, relacionado con la oralidad (besos), en el que ella depositaba grandes expectativas.

Sin llegar a más, quedaban en “hablarse”, en realidad, “escribirse un mensaje de texto”, en los días siguientes. Pero, la angustia de Lucia, como la de muchas otras personas en situaciones semejantes, cobraba protagonismo cuando caía en la cuenta de que esto nunca sucedería.

No lo podemos negar: en la actualidad, los vínculos se caracterizan por la liviandad, fugacidad, coexistencia con otros vínculos del mismo estatuto (en una noche “se comen a varios”), la disociación afectiva de la satisfacción sexual. Y que, tenemos el aditamento del consumo de sustancias (alcohol, drogas) que hacen que todo sea “posible”, el regirse por conductas impulsivas, sin filtro, satisfacciones inmediatas.

Pero por este camino, sólo se podría pensar que estas relaciones que parecerían ser un abrigo liviano del cual una persona puede deshacerse en cualquier momento, son las que definen la época actual y que Lucia que es una de las tantas chicas, mujeres u hombres, que se angustian ante la imposibilidad de darle consistencia.

Ahora quedarse detenidos allí, sería un error, porque, aunque inicialmente ella se sienta ajena y sin responsabilidad ante la situación se desprende una pregunta: ¿Cómo podría pretender Lucía conservar algo que se come?  Por este camino ha ido la intervención analítica que la llevo a implicarse en su padecimiento.

A partir de esto se trabajó con Lucia, responsabilizándola de su acto, marcándole su insistente contradicción, ya que cada vez que intentaba “hacer perdurable” a alguien, lo devoraba. Ella también formaba parte de “esta sociedad” que establece vínculos frágiles, lábiles, fugaces, consumibles. Lucía, aún sin advertirlo, desvirtuaba la relación que decía querer establecer en la posición en la que se ofrecía al otro como objeto “devorador”.

Resumiendo: individualizar la cuestión, responsabilizar al sujeto de la imposibilidad sustrayéndolo de la fantasmagoría social, será la única manera de que éste pueda a través de un tratamiento analítico, entrar en sintonía con lo que quiere u espera de un vínculo, dándose la posibilidad de reinventar una relación diferente: sólida, consistente y real.

*Psicoanalista

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