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Apuntes para una necesaria reforma tributaria

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Por Cristian Folgar *

Una primera lectura respecto a las idas y vueltas con el tema del impuesto a las ganancias en el Congreso podría centrarse en las promesas incumplidas de Cambiemos y en ciertas actitudes “cristinistas” del gobierno al calificar de demagogos o irresponsables a quienes no coincidían con su visión y que proponían algo mucho más conservador comparado con el propio compromiso tomado con la sociedad por el gobierno actual.

Habitualmente por presión fiscal se entiende el porcentaje del PBI que se destina al pago de impuestos. Desde un punto de vista sistémico el “problema” de la presión fiscal tiene otras aristas. No implica la misma “presión” sobre la sociedad si el Estado ofrece bienes y servicios públicos de calidad, que si no lo hace.

No es lo mismo una sociedad en la cual un nivel determinado de presión fiscal se logra con impuestos progresivos, a que ese nivel de presión fiscal se logre con impuestos regresivos.

Lamentablemente nuestro país está en muy mala posición si analizamos la situación de manera sistémica. La presión fiscal es alta si miramos exclusivamente el porcentaje sobre el PBI que se llevan los estados nacionales, provinciales y municipales. La calidad de los bienes y servicios que recibimos del Estado en cualquiera de sus niveles, salvo honradísimas excepciones, es muy mala. Y como si esto ya no fuera un problema, el sistema es muy regresivo. Esto es, proporcionalmente pagan más impuestos los sectores de menores recursos respecto a los sectores de mayores recursos.

Así, una familia de ingresos medios o bajos debe pagar una escuela privada o medicina prepaga por no poder confiar en la “calidad del sistema público”. Lamentablemente muchos sectores de la sociedad consumen ciertos bienes o servicios prestados por el Estado porque no les queda más remedio. Se ven “condenados” a enviar a sus hijos a las escuelas públicas o utilizar el hospital público, simplemente porque no pueden disponer de recursos para buscar una alternativa. En nuestro país los sectores que menos debieran contribuir fiscalmente son lo que proporcionalmente más pagan y encima deben recurrir a bienes privados para sustituir los bienes o servicios que deberían recibir del Estado.

¿Cuánto mejoraría la capacidad de gasto mensual de las familias si, por ejemplo, pudieran confiar en el sistema de educación pública? Utilizo el ejemplo del sistema de educación pública porque nosotros los argentinos, con todos nuestros defectos y virtudes, supimos tener un sistema de educación que no solo era un ejemplo regional y mundial, sino que despertaba la confianza de los padres de los chicos que lo usaban. Nosotros supimos tener un sistema de educación pública que hacía “marginal” la provisión de educación privada. Hoy estamos en la situación opuesta. No hace falta compararnos con otros países, basta con mirarnos al espejo.

Lo dicho para las familias es aplicable al sistema productivo. ¿Cuánto más competitivo sería el agro si funcionaran los ferrocarriles? ¿Si los caminos rurales no se cortaran con la primer llovizna? ¿Cuánto vale una infraestructura eficiente? ¿Cuán distinto sería nuestro desarrollo regional si todas las industrias no tuvieran que elegir los puertos para instalarse por falta de infraestructura de transporte?

No se trata de caer en la falsa antinomia de Estado vs Privados. La sociedad moderna no se concibe sin el Estado. No se trata que el Estado abandone sus funciones. Se trata que las cumpla. No solo no existiría el capitalismo sin el Estado, sino que la sociedad tal como la concebimos no funciona sin un Estado fuerte y eficaz, que no es lo mismo que un Estado sobredimensionado e ineficaz.

Es siempre muy paradójico escuchar a representantes del Estado, en cualquiera de sus niveles, hablar del “esfuerzo fiscal”. ¿Qué esfuerzo hace el Estado? Ninguno, el esfuerzo lo hacen los contribuyentes que pagan los impuestos. El Estado nunca puede ajustar sus gastos pero las familias y las Pymes deben hacerlo. El Estado en Argentina nunca puede bajar impuestos pero las familias y las Pymes se las tienen que arreglar para pagar impuestos, sufrir la falta de calidad de las prestaciones del Estado. Es mentira que en Argentina no hay ajuste. El ajuste que no hace el Estado lo hizo la sociedad. El gasto público no bajó, el que bajó y mucho fue el consumo privado. El empleo público no bajó, el que bajó fue el empleo privado. Las malas noticias que no da el Presidente, el Gobernador o el Intendente, las tienen que dar mamá, papá o el dueño de una Pyme familiar. ¿Desde cuándo es virtuoso que las familias deban reducir consumo? Una cosa es que el Estado en un momento en el cual los privados no están dispuestos a consumir realice una política anticíclica, y otra muy distinta es que las familias deban restringir consumos por la presión fiscal del Estado.

Si los representantes que elegimos para gobernarnos no pueden hacer lo que nosotros tenemos que hacer a diario, la pregunta obligada es ¿Estamos eligiendo a los peores o los mejores representantes? ¿Nuestros gobernantes no saben, no quieren o no pueden hacer lo que hace cualquier jefe de familia, ama de casa o empresario Pyme?

No hay un solo ejemplo en nuestra historia que muestre un ciclo de crecimiento sostenido combinando este nivel de impuestos y baja calidad de funcionamiento del Estado. Para aspirar a un verdadero y sostenido crecimiento debemos empezar a repensar la forma en que recaudamos los impuestos y los bienes y servicios que reciben los ciudadanos y contribuyentes.

No es cierto que “achicar el Estado es agrandar la Nación”, pero en nuestro caso particular estamos probando y sufriendo como el peso de la inoperancia del Estado puede asfixiar a una Nación. Es imperioso que encontremos un equilibrio sustentable, algo difícil si seguimos apegados a falsas dicotomías y a la noción que quien está de acuerdo conmigo es bueno y responsable mientras que quien opina distinto es destituyente, demagogo o irresponsable.

* Economista 

Publicado originalmente en La Politica Online



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