Por Loana Viera

Vestía una campera inflada, de las que están de moda, de color negro, jean y zapatillas de marcas extranjeras. Hoy, lunes, posiblemente esté atendiendo al público en un banco, asesorando legalmente a alguien u ocupándose del negocio que le es propio. Tal vez no acerté con su actividad laboral pero, sea cual fuera, por su aspecto entendí que le iba bien. Ayer, sin embargo, estaba en modo bravucón, acaso salvaje, sentado en la platea visera de la cancha de Newell’s adonde coincidimos, él como hincha y yo como periodista neutral. No supe su nombre. No era relevante. Cerca suyo, dos chicas de unos 30 años que más tarde, como él, entrarían en acción.

No fue un buen partido el de Newell’s en el clásico ante Rosario Central. De hecho, los de Diego Osella fueron superados futbolísticamente desde el primero y hasta el último minuto de juego. Desde mi posición veía cómo Teo Gutiérrez dominaba el juego, manejaba los tiempos del Canalla y acertaba en casi todas las pelotas que tocaba. También que Marco Ruben estaba en una buena tarde, con cabeza fría y sangre caliente. Que a Pachi Carrizo no lo podían parar y que Musto era un muro en el medio.

Claro, era un clásico y la gente de Newell’s, que colmó el Coloso Marcelo Bielsa y protagonizó una fiesta previa digna de un documental, se empezó a enojar. Alentaban mucho, de manera constante y confiaban en una aparición de Scocco o en una jugada de Formica para intentar revertir lo que hasta los 88 era triunfo por 2 a 0 de Central.

Hasta ahí la escena era normal. Hinchas que alentaban, algunos con más dignidad que otros, los que solo insultaban. Fue en el minuto 89, con el gol del descuento de Formica para La Lepra cuando la emoción se transformó en violencia y temor. Yo, que estaba sentada en el escalón de más abajo de la platea y seguía el partido sin mueca ni sonido alguno, de repente me encontré tomada desde atrás por mis ropas y siendo empujada hacia adelante con una vehemencia que me desarmó físicamente porque, claro, no me lo esperaba…

“No parecés hincha de Newell’s porque no alentás, parecés de Central”, me dijo el plateísta de la campera negra, el jean y las zapatillas extranjeras cuando miré hacia atrás para entender de dónde había venido ese cimbronazo. Apenas sonreí pero no respondí. Fue peor. “Acá los goles se gritan”, insistió y añadió: “De acá te vas a ir gritando un gol de Newell’s”, y apenas atiné a soltar un “bueno”, a sabiendas de que cualquier otra cosa podría darle el argumento que necesitaba para descargar su bronca.

En ese momento Germán Herrera hizo el tercero de Central y la situación dejo de ser cómoda. El hincha de la campera negra me miraba desafiante y las dos chicas, una de las cuales se levantó insistentemente durante el partido para lanzar grotescos insultos al árbitro, a los rivales, a la vida entera, también consideraron que no podía ser que yo no gritara, no alentara ni cantara las canciones que todos sabían y cerca mío, casi encima, gritaban que “al que no alienta a Ñul lo vamo’ a matar”

En medio del nerviosismo de los hinchas por el resultado y cuando se jugaba tiempo de descuento, un señor de unos 65, 70 años, decidió que se quería ir y comenzó a bajar los escalones de la platea para tomar la salida. Fue entonces cuando otro de su misma zona, solo que de unos 30 años, le empezó a gritar: “¡Te quedás sentado viejo, te quedás sentado!”, mientras se acercaba a su objetivo con fines de mayor agresión. Al joven le había molestado que un señor decidiera irse cuando consideró que era prudente, por lo que se sintió con el derecho de agredirlo. Y esto no llegó a más porque un efectivo de seguridad lo obstaculizó y le pidió que se calmara, y porque el señor, consciente de la situación, ni siquiera lo miró.

En medio de todo este embrollo también entendí que debía irme. Que no hacía falta seguir provocando, según ellos entendían. Así lo habían establecido. Apuré mi paso, tuve cierto temor. En la retirada me acordé de Emanuel Balbo, el hincha de Belgrano al que tiraron al vacío porque alguien dijo en la tribuna que era de Talleres.

Salí indemne de un partido del fútbol argentino. Estaba en la platea, donde al parecer la situación está más controlada pero no. No es el fútbol, ni la cancha, ni la platea, ni la popular. Somos nosotros. Todos. Cada uno. En la calle, en nuestra casa, en una cancha, en la ruta o donde sea. Y eso es lo más triste.

Fuente: Infobae

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