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Ella era su acompañante en el Hogar de Niños donde él, que padece una discapacidad severa, había sido alojado. Pidió la guarda provisoria y la Justicia se la concedió. Viven en Salto y a bordo de su “bici inclusiva” participan en eventos deportivos.

Valeria y Ezequiel tienen una de esas historias que merecen ser contadas porque trascienden para demostrar cómo el amor tiene una fuerza poderosa capaz de modificar el destino o definirlo. 

Ella tiene 28 años es psicopedagoga y acompañante terapéutico. El es un niño de 8, que padece una discapacidad severa. Se conocieron cuando el pequeño tenía apenas un año y medio y Valeria fue convocada para ser su asistente en el Hogar de Niños de Salto donde él había sido alojado cuando su familia biológica no pudo hacerse cargo de él. 

Viven en esa ciudad, sin embargo cualquiera que pase por nuestro Parque Municipal puede verlos algunas mañanas entrenando a bordo de “la bici inclusiva” con la que participan en competencias deportivas y recreativas en distintos puntos del país. Algunos días Ezequiel asiste a la Escuela Municipal de Deporte Adaptado, donde desarrolla actividades que favorecen su integración. Detrás de su mirada de niño y de las aparentes ausencias que parecen desconectarlo del considerado “mundo real”,  hay una dura historia de vida. A su retraso madurativo se le había sumado un accidente que agravó su condición de salud y todo contribuyó a que su destino fuera el Hogar de Niños. Valeria comenzaba a transitar sus primeros pasos de ejercicio profesional cuando conoció a Ezequiel. Con él emprendió  una ardua tarea y estableció un vínculo que iba a transformarse en indestructible y a marcar la vida de ambos para siempre. El amor que Valeria comenzó a sentir por Ezequiel, la compasión por su realidad y la empatía que se estableció entre ambos hicieron que el cariño le ganara la batalla a la frontera terapéutica y naciera en ella el deseo de querer ayudarlo desde el lugar de contención que solo puede brindar una familia. Fue así que luego de reflexionarlo mucho y asesorarse tomó la decisión más trascendente de su vida: pedir la guarda de Ezequiel. Trámites judiciales, evaluaciones y determinación hicieron que lograra el objetivo. Desde hace tres años Valeria y Ezequiel son familia. Ella obtuvo la guarda provisoria a través de la vía judicial y funcionan en un núcleo familiar integrado por ambos y ensamblado en el contacto permanente que el niño mantiene con su familia biológica.

El destino del pequeño de crecer en un hogar de niños quedó trunco gracias a la decisión valiente de una mujer a quien la vida la puso frente a  una mirada de la que no pudo apartarse jamás. Como sucede casi siempre en la vida con lo verdadero.

Un medio de nuestra ciudad tomó contacto con la historia de ellos casi por casualidad cuando “la bici inclusiva” en la que andan llegó a Pergamino hace unos meses para participar de una competencia. Todo lo que sobrevino a ese primer contacto fue una mirada cuidadosa y respetuosa de la historia que se jugaba detrás de cada carrera en la que participan y la sana curiosidad de querer saber algo más de la vida de estos dos seres que por obra del destino se cruzaron para iniciar la difícil y gratificante tarea de sortear los obstáculos y hacerle frente a la vida.

-¿Cómo conociste a Ezequiel?

-El tenía un año y medio cuando lo conocí. Me llamaron de un servicio de Salto para asistirlo porque él estaba en un Hogar de Niños. Era muy chiquito, empecé a trabajar con él y me fui encariñando. En Navidad y Año Nuevo el Hogar de Niños cierra y los chicos se van con alguien de la comisión. Recuerdo que me llevé la cuna a casa de mis padres y me traje a Ezequiel para que pasara las fiestas con nosotros.

-¿Cuál es la condición de salud de Ezequiel?

-El tiene un retraso madurativo severo, microcefalia, hipotonía muscular. Cuando lo conocí no podía sentarse, ni fijar la mirada. En su momento tenía reflujo gastrosofágico, pero eso ya lo resolvió.

-¿Qué sabías de su historia y cómo fue que te diste cuenta que el cariño le ganaba a la cuestión terapéutica en tu trato con él?

-Supe que me estaba encariñando casi desde el principio. Es muy difícil no querer a Ezequiel porque es un niño muy especial. Me daba cuenta que no respetaba mis horarios y que hacía por él más cosas de las que profesionalmente debía. El tiene una historia de vida un poco fuerte y yo lo sabía. Tiene su mamá, su papá y seis hermanos. A los seis meses tuvo un accidente, la familia no lo pudo tener y después de varias circunstancias muy duras terminó en el Hogar de Niños.

-¿Cuándo tomaste la determinación de tenerlo con vos?

-Seguí atendiendo a Ezequiel, hasta que un día decidí no asistirlo más profesionalmente porque no podía. Tenía que reconocer que había traspasado una barrera y aceptar esa realidad para saber qué debía hacer con eso. Estuve en tratamiento psicológico y fue difícil para mí porque siempre fui muy recta y exigente con mi trabajo. Aunque no lo atendía, lo iba a visitar todos los días.

La guarda de Ezequiel

Un día Valeria tomó la decisión de hablar con las autoridades del Hogar del Niño donde estaba Ezequiel para plantear su deseo de poder llevárselo a su casa. Por entonces ella vivía con sus padres; se mudó y le hizo frente a todas las opiniones que la advertían sobre las dificultades que podía conllevar el “hacerse cargo” de un niño que tenía una discapacidad severa y que nunca iba lograr “ser independiente”.

Luego de varios encuentros con la jueza, obtuvo la guarda provisoria del niño. Desde entonces viven como familia. Valeria adoptó la casa y su vida. Reemplazó las escaleras por rampas para que la infraestructura hogareña resultara funcional a las necesidades de Ezequiel que sigue manteniendo contacto con su familia biológica a la que visita una vez por semana. “Yo respeto mucho a su familia más allá de que por diferentes situaciones él no pueda estar con ellos”, afirma Valeria, quien por estos días inició los trámites para obtener una guarda con fines de adopción. “Sé que es un poco largo el proceso, pero tengo la certeza de que todo saldrá bien. No tengo miedo, a veces solo un poco de ansiedad”, confiesa. 

“Tengo muy buena relación con los padres de Ezequiel. Ellos siempre supieron que mi intención no fue nunca quitarles el rol, sino poder mejorar la calidad de vida de Ezequiel y hacer todo lo que estuviera a mi alcance para eso”, agrega.

Un vínculo entrañable

La vida de ambos es como la de cualquier familia. Se levantan muy temprano, desayunan y salen a andar en bicicleta. Al mediodía él va a una escuela de educación especial y por la tarde una acompañante lo asiste hasta que Valeria regresa de su trabajo. También va al kinesiólogo. Participan en maratones y competencias deportivas. Viajan y se divierten juntos. Valeria recuerda un viaje a Merlo y se emociona cuando menciona el día que Ezequiel conoció el mar. “Es un niño al que le gusta mucho la naturaleza”.

-¿Qué te vincula con Ezequiel?

-Tenemos una relación muy especial. Cuando lo conocí a él no podía ni siquiera fijar la mirada, no se movía. Fue un trabajo muy duro poder establecer ese contacto y cuando  sucedió, su mirada fue impactante. No sé bien qué es lo que nos une pero es algo fuerte. Cambió todo en mi vida. El es mi familia. 

-¿Qué fue lo más importante que te pasó con él?

-Lo más importante fue conocerlo. Y de lo vivido en estos años rescato algo que sucedió en el Hogar, el día que aprendió a sentarse: El me quería mirar,  estábamos acostados en una colchoneta y cómo me quería mirar intentaba sentarse apoyándose en mis pies. Un día lo logró. Esa mirada nos conectó para siempre. Recuerdo que le costaba mucho sostener la mirada porque tenía sus ojos desviados y le era muy difícil. Hasta que con mucho entrenamiento y seguimiento de objetos consiguió hacerlo. Ese fue un avance muy importante.

-¿Cuál es la mayor aspiración que tenés para Ezequiel?

-El mayor anhelo es que él mejore su salud y que algún día logre caminar.

Fuente: La Opinión

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