Sociedad
¿Qué es de la vida de Rolando Humberto Dall’Occhio?
Una vida en movimiento, el hombre que nunca deja de andar
09 de Mayo de 2026 | Semanario El Tiempo
Algunas vidas se construyen sin estridencias, paso a paso, con la firmeza de quienes entienden que el verdadero valor está en hacer y sostener. La historia de Rolando Humberto Dall’Occhio es así: sencilla en su forma, profunda en su contenido. Nace en las calles de barro de Acevedo, en un tiempo donde el pueblo empezaba a crecer, y se proyecta con los años a lo largo de rutas interminables, siempre guiada por el mismo impulso: la constancia.
Nació el 19 de febrero de 1946, en el seno de una familia donde el esfuerzo no era un discurso, sino una práctica cotidiana. Hijo de Juan, carnicero de toda la vida, y de Matilde Pez, creció junto a su hermano mayor Almerindo, “Mericho”, absorbiendo desde chico esa cultura del trabajo que terminaría marcando cada una de sus decisiones.
Cuando vuelve a su infancia, lo hace con una certeza que emociona: fue hermosa. Y en esa palabra caben escenas simples, pero imborrables. Los partidos de fútbol con una vejiga de vaca haciendo de pelota, las calles de tierra cubiertas de escarcha en invierno, las mañanas rumbo a la Escuela Nº 12. Un tiempo donde la imaginación llenaba cualquier vacío y donde la felicidad no necesitaba demasiado para hacerse presente.
La educación técnica fue una oportunidad que supo abrazar. Estudió en la Escuela de Educación Técnica Nº1 y egresó como Técnico Mecánico en la promoción 64. Allí no solo incorporó conocimientos, sino también afectos que lo acompañaron toda la vida. En esos años, el apoyo de su tía Carola Pez de Etchepare y su esposo fue mucho más que un respaldo: fue un refugio, una mano tendida en el momento justo.
El trabajo como destino
Su vida laboral comenzó a tomar forma en empresas como Protto y Bonelli, en San Nicolás, donde llegó a desempeñarse como jefe de planta. Pero había algo más latiendo en su interior: una necesidad de independencia, de construir su propio camino. Y así, con esfuerzo y ahorros, compró su primer camión, un Ford 61. Ese fue el verdadero comienzo.
Desde entonces, todo fue fruto de una constancia inquebrantable. Llegó su primer camión cero kilómetro, un Dodge 74, que no solo simbolizaba progreso, sino también la confirmación de que el camino elegido era el correcto. Recorrió miles de kilómetros, enlazó destinos, trabajó para importantes empresas de Pergamino y fue reconocido en reiteradas oportunidades como chofer ejemplar. Puntualidad, responsabilidad, compromiso: en él, esas palabras se volvieron forma de vida.
Ni siquiera la jubilación fue un final. Durante años siguió trabajando, porque para Rolando el trabajo nunca fue una carga, sino una manera de estar en el mundo. Recién en 2020, en medio de la pandemia, decidió cerrar esa etapa. Quedaban atrás amaneceres en la ruta, noches interminables y una vida entera atravesada por el movimiento.
La familia
En 1978 se casó con María Magdalena Oppezzo, compañera indispensable en su historia. Mientras él recorría el país, ella sostenía el hogar con una fortaleza silenciosa, de esas que no siempre se ven, pero que lo hacen todo posible.
Juntos formaron una familia con sus hijos Andrés, Carolina y Cecilia. Con el tiempo llegaron los nietos Gianfranco, Sofía, Victorio y Gerónimo, que hoy son una de sus mayores alegrías. En ellos vive algo de su esencia: el valor del esfuerzo, el cariño sincero y la simpleza de lo importante.
Siempre la música
Desde chico, la música fue parte de su vida. Su padre colaboraba con los bailes de la Sociedad Italiana de Acevedo y su hermano animaba encuentros populares con su grupo. La música estaba en el aire, en las reuniones, en la identidad misma de la familia.
A los 12 años, su padre le regaló un acordeón. Y ese gesto marcó un antes y un después. Bajo la enseñanza de René Torres, Rolando encontró en ese instrumento una forma de expresión que lo acompañaría siempre. El acordeón sonó en picnics, festejos y encuentros, convirtiéndose en un puente entre generaciones, en una manera de decir sin palabras.
Amigos y fútbol
El fútbol también ocupó un lugar importante, no tanto por la competencia, sino por los lazos que dejó. Pasó por las inferiores de Sports de Pergamino y formó parte de los recordados Juegos Interindustriales con Protto, además de jugar torneos de Liga con Progresista de Guerrico. Más allá de los resultados, quedaron las amistades, esas que nacen en la cancha y perduran toda la vida.
La pasión que siempre vuelve
El automovilismo, otra de sus grandes pasiones, le regaló un nuevo capítulo en 2022. Un llamado de Ulises Armellini lo devolvió a la ruta, esta vez como chofer del DTA. Ya jubilado, pero con el mismo entusiasmo de siempre, volvió a recorrer el país, desde El Calafate hasta Oberá, reencontrándose con esa vida que nunca dejó de latir en él.
Hoy también comparte ese amor desde la radio local, donde resume cada fin de semana automovilístico, manteniéndose activo, vigente, conectado.
El valor de estar
Hay algo que atraviesa toda su historia: la vocación de colaborar. Rolando ha sido parte de distintos proyectos que ayudaron a crecer a Acevedo, su lugar en el mundo. Ese compromiso, constante y desinteresado, fue reconocido en este 2026 en la Fiesta de la Estaca, entre otros ámbitos.
Porque más allá de lo que hizo, siempre importó cómo lo hizo.
Hoy, el tiempo propio
A sus 80 años, la vida tiene otro ritmo. Más pausado, más íntimo. Pero no por eso menos pleno. Las peñas con amigos, el acordeón, el automovilismo y, sobre todo, sus nietos, llenan sus días.
Rolando Dall’Occhio no dejó de andar. Solo cambió la velocidad. Y en ese andar más sereno, sigue construyendo lo mismo de siempre: una vida simple, honesta y profundamente valiosa, en ese rincón del mundo al que nunca dejó de pertenecer: Acevedo.
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