Columna de opinión

El refugio de la esperanza


08 de Julio de 2026 | Guillermo "Memo" García

Hay triunfos que se festejan. Y hay otros que, además, nos interpelan. La clasificación de la Selección Argentina a cuartos de final del Mundial volvió a provocar una escena que hace mucho tiempo parece reservada únicamente para el fútbol: abrazos entre desconocidos, bocinazos que no distinguen clases sociales, banderas en balcones de todas las ciudades y un sentimiento compartido que, aunque dure apenas unas horas, nos devuelve la sensación de pertenecer a un mismo lugar.

En un país donde casi todo divide, la Selección sigue siendo el único idioma común.

Nos hemos acostumbrado a desconfiar de todo. De los discursos, de las promesas, de las instituciones y hasta de las emociones. Vivimos en una época donde cada gesto parece esconder un interés, donde las redes sociales alimentan el enojo permanente y donde la discusión ocupa el lugar del diálogo. Nos enseñaron a sospechar antes que a creer.

Por eso el fútbol, cuando todavía conserva algo de genuino, se vuelve un refugio.

No porque sea perfecto ni porque esté exento del negocio que lo rodea. Lo es porque, durante algo más de 90 minutos, millones de argentinos vuelven a sentir exactamente lo mismo. No importa si viven en Pergamino, Ushuaia, Jujuy, Madrid o Roma. Tampoco importa a quién votaron, cuánto ganan o qué piensan sobre los grandes debates nacionales. Cuando juega la Selección desaparecen, aunque sea por un rato, las etiquetas que tanto daño nos hacen.

Y ese fenómeno no ocurre por casualidad.

Este equipo transmite algo mucho más profundo que un buen juego. Enseña que el talento necesita disciplina. Que el liderazgo no se construye a los gritos sino con el ejemplo. Que el mejor futbolista de la historia sigue corriendo para recuperar una pelota como si fuera un debutante. Que un entrenador puede conducir sin soberbia, sin descalificar al rival y sin creerse más importante que el grupo.

Scaloni, Messi y cada uno de los jugadores parecen haber entendido algo que muchas veces olvidamos como sociedad: nadie gana solo.

El éxito de esta Selección no nació de un día para otro. Llegó después de derrotas dolorosas, de críticas despiadadas y de años de trabajo silencioso. Hubo que aprender a perder para volver a ganar. Hubo que sostener un proyecto cuando muchos pedían empezar de cero. Hubo que confiar incluso cuando parecía más fácil destruir que construir.

Ese debe ser el mensaje para los argentinos. Y para la Argentina. Los grandes resultados no aparecen por generación espontánea. Son consecuencia del esfuerzo, del respeto, de la preparación, de la humildad y de la capacidad de trabajar con un objetivo común por encima de los intereses personales y los objetivos individuales.

Quizás la dirigencia política debería mirar un poco más este equipo. No para ponerse una camiseta ni para apropiarse de una alegría que no les pertenece, sino para entender cómo se construye confianza.

En la Selección nadie juega para la tribuna. Nadie necesita humillar al compañero para destacarse. Nadie parece más importante que el escudo.

Ojalá algún día esa lógica también llegue a quienes tienen la responsabilidad de conducir desde algún lugar de gobierno.

Tal vez sea mucho pedir. Pero al menos podrían empezar por entrenar.

Algunos insisten en profundizar las diferencias, la Selección demuestra que un objetivo compartido puede estar por encima de cualquier grieta.

Tal vez por eso estos triunfos conmueven tanto. No se celebran únicamente por el resultado. Se festejan porque volvemos a creer que es posible construir un “nosotros”. Y en un país donde la desconfianza suele ganarle a la esperanza, esa es una victoria inmensa.

Ojalá sepamos conservar esa fe cuando se apaguen las luces de un estadio. Porque hoy, más que cualquier trofeo, la Argentina necesita volver a creer en sí misma.

 

*El autor es periodista



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