Columna de opinión

Pergamino y la mirada de los otros: vivir en una ciudad donde todos nos conocemos


12 de Agosto de 2026 | Carlos Elizalde

Hay ciudades donde una persona puede perderse entre millones. Cambiar de barrio, de trabajo, de amistades, incluso de historia, y comenzar nuevamente. Pergamino no es una de ellas.

Aquí la memoria tiene nombre y apellido. Las familias se conocen, las trayectorias se recuerdan, los vínculos atraviesan generaciones y muchas veces una persona no es solamente quien es hoy, sino también quien fue, de dónde viene, con quién estuvo, qué hizo y qué lugar ocupó alguna vez.

Freud probablemente habría encontrado en una ciudad como la nuestra un ejemplo muy claro de la tensión entre el individuo y la sociedad. Vivir en comunidad implica aceptar normas, límites y renuncias. Pero en ciudades intermedias existe además un código invisible que no figura en ninguna ordenanza: la mirada de los demás.

Ese “qué van a decir” que tantas veces condiciona decisiones, relaciones y comportamientos puede funcionar como una especie de conciencia colectiva. Nadie necesita imponer determinadas reglas porque la comunidad las transmite silenciosamente.

Lacan habría ido todavía más lejos. Para él, nuestra identidad no se construye únicamente desde nosotros mismos. También depende de cómo creemos que somos vistos por los otros.

Y en Pergamino esa mirada pesa.

El apellido, el barrio, el club, la escuela, la profesión, la empresa, el partido político o la institución a la que alguien pertenece terminan funcionando como etiquetas sociales. Muchas veces antes de conocer verdaderamente a una persona ya creemos saber quién es.

Somos “el hijo de”, “el de tal familia”, “el radical”, “el peronista”, “el comerciante”, “el empresario”, “el periodista”, “el de Douglas”.

La ciudad nos asigna lugares.

Pero existe otra característica todavía más profunda: Pergamino recuerda.

Conflictos que parecían terminados pueden reaparecer veinte años después. Rivalidades familiares, políticas o económicas sobreviven a sus protagonistas. Historias que parecían olvidadas regresan cuando alguna circunstancia las despierta.

Freud diría que lo reprimido siempre encuentra alguna forma de volver.

Quizás por eso el rumor tiene tanta fuerza en las ciudades donde la gente se conoce. El “dicen que” funciona como una poderosa institución informal. Permite hablar sin asumir completamente la responsabilidad de lo dicho y, muchas veces, expresa miedos, deseos o prejuicios colectivos.

Sin embargo, sería injusto considerar solamente el costado negativo.

La misma proximidad que algunas veces asfixia también construye comunidad.

Cuando alguien atraviesa una enfermedad, una tragedia o una dificultad, aparecen redes de solidaridad que difícilmente podrían existir con la misma intensidad en una gran metrópolis. Personas que apenas se conocen colaboran, instituciones se movilizan y la ciudad puede convertirse en una enorme red de contención.

Ese es posiblemente uno de los mayores valores de Pergamino.

Vivimos bajo la mirada de los otros, pero también vivimos acompañados por ellos.

El desafío consiste en evitar que esa mirada se transforme en condena permanente.

Una sociedad madura debería permitir que las personas cambien. Que alguien pueda equivocarse y corregirse. Que pueda abandonar antiguas posiciones, construir nuevas ideas y escribir una nueva etapa de su vida sin quedar eternamente prisionero de aquello que alguna vez fue.

Porque ninguna persona puede ser reducida a una historia pasada.

Quizás allí esté una de las tareas culturales más importantes para las ciudades como la nuestra: conservar la memoria sin convertirla en sentencia.

Recordar quiénes fuimos, pero permitirnos descubrir quiénes todavía podemos llegar a ser.



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