Sociedad

¿Qué es de la vida de Hugo Miguel Cogo?

Entre el campo, los amigos y el compromiso con la comunidad
21 de Agosto de 2026 | Primera Plana

El campo le enseñó a trabajar. Su padre, a ser honesto. Mirta, a caminar acompañado. Las instituciones, a comprometerse. Y los amigos, a entender que una vida también puede medirse por las historias que quedan cuando el tiempo pasa.

Una infancia marcada por el campo

Hay personas cuya historia no puede resumirse en una profesión, un cargo o una lista de instituciones. Hay vidas que se explican mejor a través de los vínculos construidos, de los proyectos que comenzaron casi como un sueño y de las amistades que resistieron al paso de las décadas.

La historia de Hugo Miguel Cogo es, en buena medida, una de esas historias. Nació el 23 de marzo de 1948 en Francisco Ayerza, en una época en la que el campo tenía otros tiempos, otras herramientas y otras formas de vivir. La electricidad todavía no había llegado y muchas de las tareas cotidianas exigían ingenio, esfuerzo y esa capacidad de “darse maña” que caracterizó a tantas generaciones de trabajadores rurales.

Hijo único de Miguel Cogo y Dorinda Camarsa, pasó buena parte de su infancia y adolescencia rodeado de primos. Su padre trabajaba en la chacra y su madre, además de ocuparse de la casa, había aprendido corte y confección.
“Dañino, como todo hijo único”, recuerda entre risas al hablar de aquellos primeros años.

Cursó sus estudios en la escuela de Francisco Ayerza, donde también comenzó a construir algunas de las amistades que, con el tiempo, se convertirían en vínculos para toda la vida.

Llegado el momento de decidir entre continuar estudiando o incorporarse al mundo laboral, eligió el trabajo. El campo fue entonces su lugar de aprendizaje.

No había demasiados manuales ni grandes comodidades. Había que observar, preguntar, probar y aprender haciendo. Un martillo, un cortafierros y un remache podían ser tan necesarios como las propias manos.

Las enseñanzas de su padre

Hugo aprendió el oficio rural, pero de su padre recibió mucho más que conocimientos vinculados al trabajo.
Recibió una manera de entender la vida. La honestidad, el esfuerzo, la responsabilidad y la palabra dada se convirtieron en principios que conservaría durante las décadas siguientes.

Aquella formación en el campo también dejó una huella en su carácter. La sencillez, la capacidad de escuchar y la convicción de que nadie es más que otro serían valores que luego trasladaría a cada ámbito de su vida. El trabajo fue, desde entonces, una parte inseparable de su identidad.

Mirta y una historia de 55 años

En la historia de Hugo hay un nombre que ocupa un lugar imposible de separar de su propia vida: Mirta Bruno. La conoció en un baile de aniversario del club, uno de esos acontecimientos que en los pueblos y comunidades rurales podían convertirse en el gran evento del año.

Hugo la miraba, pero no se animaba a invitarla a bailar. Era el 11 de febrero de 1967 cuando aquel encuentro terminó convirtiéndose en el comienzo de una historia que duraría más de cinco décadas.

Con Mirta construyó una familia y llegaron sus dos hijos, Nelson y Claudio. Durante los primeros años continuaron viviendo en el campo, hasta que los chicos comenzaron la escuela primaria y la familia se trasladó a la ciudad, a la casa en la que Hugo todavía vive.

El matrimonio fue, además, una verdadera sociedad. Mirta no solamente fue su compañera de vida, sino también de trabajo. Mientras Hugo se ocupaba de las tareas vinculadas a la tierra, ella llevaba adelante buena parte de la administración. Las decisiones se tomaban entre los dos. Los problemas también.

Socios en el trabajo y en la vida

Después de 55 años de matrimonio, la pandemia se llevó a Mirta. Su ausencia marcó un antes y un después.
Hablar de ella todavía significa atravesar una herida que el tiempo no consiguió cerrar completamente. Pero también significa recordar una vida compartida, una familia construida y una compañera que estuvo presente en cada uno de los momentos importantes.

Hoy son sus nietas, Noelia y Lucila, ya adolescentes, quienes ocupan un lugar especial en ese legado familiar.

Una vocación por participar

La participación institucional tampoco apareció por casualidad. Hugo había visto a su padre participar en distintas comisiones y, de alguna manera, siguió naturalmente ese camino.

En 1971 se asoció a Agricultores Federados Argentinos (AFA). Lo que comenzó como una pertenencia institucional terminó transformándose en una relación que se mantiene hasta la actualidad.

Durante más de una década fue presidente de la filial y durante 16 años integró el Consejo Asesor Agropecuario.
Entre los recuerdos que conserva de aquellos años aparece especialmente la gestión que permitió concretar la compra de maquinaria, un logro que requirió trabajo, reuniones y capacidad para ponerse de acuerdo.

AFA y el compromiso con la comunidad

Su participación no se limitó a AFA. También formó parte de la Cooperativa Eléctrica Limitada de Francisco Ayerza y de la Junta Vecinal, espacios desde los cuales acompañó distintas iniciativas destinadas a mejorar la vida de la comunidad.

En ese recorrido aparece uno de los proyectos que más recuerda: el mantenimiento de la Gruta de San Isidro Labrador.

También aparece el largo camino recorrido para concretar el Camino de la Cruz. Fue una iniciativa que demandó años de trabajo, reuniones, gestiones y el esfuerzo sostenido de vecinos y distintas comisiones. El objetivo era sacar el transporte de cargas pesadas de las calles internas de la ciudad, contribuyendo a conservarlas y, al mismo tiempo, mejorar las condiciones de seguridad vial.

No fue una obra que pudiera resolverse de un día para otro. Como ocurre con tantos proyectos comunitarios, necesitó paciencia y perseverancia.

Hugo fue parte de ese proceso. Y cuando habla de su participación institucional no lo hace desde el orgullo por haber ocupado cargos, sino desde la satisfacción de haber podido formar parte.

“Más que un dolor de cabeza es un orgullo pertenecer, siempre me gustó”, sostiene.

Cuando intenta explicar por qué AFA se convirtió en una parte tan importante de su vida, encuentra una respuesta sencilla, pero contundente: “Pertenezco a AFA porque siempre fue un lugar que me trató de igual a igual”.

Los amigos

A los 78 años, Hugo continúa vinculado a AFA como secretario y mantiene su participación en la Cooperativa de Ayerza. El tiempo pasó, pero algunas cosas no cambiaron.

Aquel hombre que comenzó su vida laboral en un campo sin electricidad hoy convive con nuevas tecnologías, otras formas de comunicarse y un mundo completamente diferente al de su infancia. Sin embargo, conserva muchas de las costumbres que lo acompañaron desde siempre.

Y entre ellas hay una que ocupa un lugar central: la amistad

En una conversación con Hugo, cada nombre abre una puerta hacia otra historia.

Aparece un compañero de trabajo. Un vecino. Un amigo de la infancia. Alguien con quien compartió una comisión. Otro con quien se cruzó durante años en el campo. Y detrás de cada nombre aparece una anécdota.
Un mate puede ser suficiente para recuperar una época entera. Una charla permite volver a una tarde de hace décadas. Una persona que ya no está vuelve a aparecer a través de un recuerdo.

Mantener vivos los recuerdos

Muchos de esos amigos ya no están. El tiempo también se llevó a personas con las que compartió momentos importantes. Pero Hugo los mantiene presentes en sus relatos.

Los recuerda por sus nombres, por sus formas de ser, por alguna ocurrencia o por aquella situación que, tantos años después, todavía provoca una sonrisa.

Otros amigos continúan formando parte de su presente. Y esa posibilidad de encontrarse, conversar y compartir sigue teniendo para él un valor enorme.

Quizás allí se encuentre una de las mayores riquezas de su historia. Porque una vida también puede medirse por la cantidad de personas que dejaron una huella y por las historias que permanecen cuando esas personas ya no están.

Una vida dedicada a estar

Mirar hacia atrás permite descubrir que la vida de Hugo no estuvo marcada solamente por el trabajo rural o por las responsabilidades institucionales. También estuvo atravesada por decisiones. La decisión de trabajar cuando era joven. La de formar una familia. La de acompañar a Mirta durante 55 años. La de involucrarse en las instituciones. La de dedicar tiempo a proyectos comunitarios. La de seguir participando cuando podría haberse quedado simplemente mirando desde afuera. Cada una de esas decisiones fue construyendo una historia.

Una historia que también tiene momentos difíciles, como la pérdida de Mirta, pero que está atravesada fundamentalmente por el trabajo, la familia, la amistad y la comunidad.

Quizás por eso, cuando intenta explicar qué significa para él haber participado durante tantos años, no aparecen grandes discursos. Aparece la idea de pertenecer.

Porque pertenecer implica sentirse parte de algo. Entender que una institución, una cooperativa, un barrio o un grupo de amigos también se construye con la presencia cotidiana de quienes deciden involucrarse. Hugo eligió estar. Y estuvo durante décadas.

El presente y una memoria intacta

Hoy continúa activo, vinculado a las instituciones que forman parte de su historia y atento a los cambios de una sociedad muy diferente a aquella en la que creció.

Pero hay algo que permanece intacto: la memoria.

En sus relatos conviven el campo sin electricidad, las herramientas, los primeros trabajos, la escuela de Ayerza, los bailes, Mirta, sus hijos, sus nietas, las reuniones institucionales, los proyectos comunitarios y una interminable lista de amigos. Todo forma parte de una misma historia. Porque la vida, cuando se la mira desde los 78 años, no parece una sucesión de etapas separadas. Todo está conectado.

El niño que aprendió a trabajar junto a su padre es el mismo hombre que décadas después continuó participando en una cooperativa. El joven que conoció a Mirta en un baile terminó construyendo junto a ella una familia. El muchacho que hizo amigos en la escuela todavía los recuerda. Y el hombre que durante tantos años dedicó tiempo a las instituciones sigue encontrando sentido en pertenecer.

Tal vez esa sea la mejor manera de contar una vida. No solamente a través de los años trabajados, de los cargos ocupados o de las instituciones en las que participó. También a través de las personas que quedaron en el camino, de aquellas que todavía caminan a su lado y de las historias que se niegan a desaparecer.

Porque después de una vida entera de trabajo, familia y compromiso comunitario, hay algo que Hugo conserva con la misma fuerza de siempre: las ganas de encontrarse con otros, de ayudar, de conversar y de compartir.
Y en tiempos en los que todo parece suceder demasiado rápido, quizás allí exista una enseñanza sencilla y profunda: una vida también se mide por los vínculos que se construyen, por las manos que se tienden y por la cantidad de personas que, al recordarnos, pueden contar una historia en la que también fuimos parte. La de Hugo es, precisamente, una historia de esas.

Una vida entre el campo, los amigos y la comunidad. Una vida construida sin estridencias, con trabajo y compromiso, pero también con afectos. Una vida que todavía tiene mucho para contar.



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