Columna de opinión
Cuando el Estado se retira, el mercado toma su lugar
29 de Septiembre de 2026 | Luis Maria Migliaro
El crecimiento económico y la mayor producción en el sector agrícola no siempre producen derrames locales virtuosos. En muchos casos, estos cambios, sin un Estado presente, son incompatibles con el desarrollo territorial y el bienestar de la comunidad.
Si tomamos como muestra al partido de Pergamino, corazón de la pampa húmeda, encontramos un buen ejemplo de lo que ocurre en la zona núcleo de la producción agrícola. Con una superficie de 297 mil hectáreas, el 60% tiene aptitud agrícola, el 30% está destinada a la ganadería y el 10% restante corresponde a caminos, acuíferos y zonas urbanas.
Es un partido habitado por 110 mil personas: la mayoría reside en la ciudad cabecera y el resto se distribuye en 12 localidades rurales que suman aproximadamente 20 mil habitantes, incluyendo a la población dispersa en el campo.
Este partido, que en la década de 1980 tenía aproximadamente un 10% menos de habitantes, vivía una situación de bonanza que le valió el adjetivo de "La Perla del Norte". Sus habitantes se sentían orgullosos de la producción agropecuaria y de todo el entramado industrial (metalmecánico y de confección) y comercial de Pergamino, compuesto por comerciantes, industriales, empresarios y profesionales destacados que brindaban servicios de salud, educación y desarrollo en centros de investigación científica como el INTA, el Instituto Dr. Maiztegui y diversos centros educativos.
¿Qué cambios ocurrieron en estos 45 años?
Hoy tenemos una ciudad chata y aletargada, que no ha logrado mantener un crecimiento ni un desarrollo territorial constante en comparación con décadas anteriores. Elegimos a Pergamino solo como una muestra, ya que es representativa de otras zonas agropecuarias del país y de ciudades con características similares.
Actualmente se considera, según datos de expertos, que el campo se ubica —junto a las actividades energéticas, mineras y financieras— dentro de los sectores con mejor rentabilidad y que traccionan la economía. Esto es cierto, pero la pregunta es: ¿alcanza solo con esto para el desarrollo del país y el bienestar de sus habitantes?
Cambios de paradigmas
En las décadas de 1970, 1980 y hasta 1990, la producción agrícola de la zona núcleo o pampa húmeda se desarrollaba con productores arraigados a sus tierras. En consecuencia, eran residentes y consumidores locales directos del sistema financiero, bancario y comercial de la región; allí adquirían los insumos necesarios para producir (semillas, agroquímicos, herramientas, maquinarias agrícolas y vehículos), realizaban el mantenimiento de sus equipos y consumían servicios esenciales para vivir, educarse y cuidar su salud.
La incorporación de la siembra directa otorgó múltiples beneficios desde el punto de vista agronómico, como la conservación de los suelos, la menor contaminación y la reducción de la huella de carbono. Sin embargo, también redujo drásticamente la cantidad de labores del suelo y, por consiguiente, la mano de obra necesaria.
Este proceso estuvo acompañado por el crecimiento de la agricultura y el consecuente desplazamiento de la ganadería hacia zonas marginales. Al aumentar la superficie destinada a los cultivos, disminuyó la rotación y creció el monocultivo —principalmente de soja—, lo que comenzó a deteriorar los suelos.
Por su parte, la industria metalmecánica desarrolló máquinas de mayor tamaño: sembradoras, cosechadoras y pulverizadoras. Estos cambios fueron avances tecnológicos importantes, precisos, necesarios y oportunos que la producción recibió favorablemente.
Sin embargo, este proceso técnicamente virtuoso no contó con el acompañamiento de políticas públicas que gestionaran el nuevo escenario. Faltó, por ejemplo, impulsar una mayor transformación de la producción de granos in situ para dar continuidad al derrame económico local, evitar el cierre de negocios e industrias y frenar la migración de los residentes hacia los grandes centros urbanos, un fenómeno que terminó generando una mayor conurbanización.
Entidades como Maizar, Acsoja y Asagir solicitan que se eleve la proporción de biodiésel y alcohol en los combustibles líquidos. Como la capacidad instalada para satisfacer el pedido ya existe y esto estimularía nuevas inversiones en pymes y micropymes, si se contemplan políticas de impulso a inversiones locales, el Estado debe ser proactivo.
Recién en este año 2026 se homologó la norma para que los motores Flex se utilicen en la Argentina, a pesar de que hace varios años Toyota Argentina los fabricaba en Zárate para exportar a Brasil. Estos cambios ocurrieron sin un Plan Estratégico compartido por las distintas fuerzas políticas como política de Estado, algo indispensable para lograr el desarrollo que necesitamos. El mundo requiere lo que nosotros producimos, pero no desarrollamos un plan para abastecer esa necesidad.
Consecuencias de los cambios
Las modificaciones se fueron produciendo a partir de la mitad de la década de 1990 con el desembarco de los fondos financieros de inversión productiva, conocidos como "pools de siembra". La rentabilidad se fue achicando y los productores más pequeños, al no poder competir por su falta de escala, dejaron la actividad. Algunos vendieron sus campos; otros, de mayor edad, se transformaron en rentistas arrendando su propiedad, y un tercer grupo cambió de actividad para dedicarse a otras actividades, algunos a prestar servicios agropecuarios de siembra, pulverización y cosecha. Estos últimos se convirtieron en "contratistas rurales", cuyos principales clientes pasaron a ser los fondos de inversión.
Para ser competitivos, estos contratistas tuvieron que acompañar la modernización tecnológica y la exigencia de una mayor escala, lo que los obligó a adquirir maquinarias modernas con mayor capacidad de trabajo.
El sistema productivo anterior pudo haber sido menos eficiente que el actual, pero de lo que estamos seguros es de que ese esquema ya no existe ni volverá. Sí podemos afirmar que el sistema previo derramaba mucho trabajo en su entorno: se beneficiaban los comercios, las industrias, los talleres, la construcción y todo el universo productivo local.
El esquema de producción actual está formado por dos espacios bien definidos, además de los derrames indirectos:
- La renta de la tierra: El suelo agrícola es el espacio físico donde se desarrolla la actividad agropecuaria, la cual puede ser explotada por su propietario o por terceros (hoy en día, un 60% es desarrollada por terceros).
- La actividad productiva: Se lleva a cabo asumiendo riesgos comerciales y climáticos, y genera una renta que involucra de forma directa o indirecta a otros actores del sistema.
El derrame indirecto es el valor agregado más importante que aporta la actividad agropecuaria, ya que abarca a una gran cantidad de personas y empresas complementarias: quienes venden insumos, compran la producción, ofrecen servicios logísticos para el transporte o trabajan en la recepción y acopio de granos.
Impactos en la economía regional de cercanía
- Pérdida del comercio local: Anteriormente, los productores compraban sus insumos (semillas, fertilizantes y agroquímicos) en las ciudades cercanas. A partir del desembarco de los fondos de inversión, comenzaron las compras por volumen directamente a los grandes distribuidores e importadores.
- Debilitamiento de las cooperativas: Las cooperativas agropecuarias y los acopiadores locales —históricos motores regionales— perdieron socios y clientes debido a que los fondos de inversión y los productores más grandes canalizan sus negocios de forma directa con la exportación o las industrias. Esto redujo la actividad de los comercios locales que abastecían a los productores o compraban su producción.
- Empresas golondrina: Para seguir siendo competitivos y amortizar la inversión en tecnología de precisión, los contratistas rurales se transformaron en empresas de servicios "golondrina". Esto los obligó a desplazarse por distintas zonas del país para aumentar la superficie de trabajo anual, dejando de comprar exclusivamente en su región.
- Menos logística regional: Las entregas directas al destino final (puerto o fábrica) y el uso generalizado del silo bolsa redujeron el movimiento local de los granos, lo que quitó fuentes de trabajo a las plantas de acopio y a los transportistas que hacían el trayecto del campo a la planta.
Conclusiones
Consideramos que este fenómeno descripto en el partido de Pergamino es replicable en muchas otras ciudades de las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos.
Lo que queda claro es que este proceso de cambio en la forma de producir no va a revertirse; seguramente se profundice aún más. Los márgenes de ganancia seguirán siendo exiguos, por lo que la economía de escala es la alternativa para neutralizar el peso de los costos fijos, mientras que los riesgos climáticos se disipan al trabajar una mayor superficie y volumen de producción.
La producción agrícola actual cuenta con actores bien definidos: el propietario de la tierra que la explota directamente; los arrendadores o rentistas agrarios (el 60% de la superficie no es explotada por sus dueños); los arrendatarios productores y fondos financieros que alquilan la tierra; el contratista rural que realiza las labores operativas; y, por último, los compradores de granos (cerealistas, cooperativas y agroexportadoras).
Ahora bien, si el Estado se desentiende del tema y deja que el mercado siga diseñando el sistema productivo, continuará el desarraigo y la conurbanización de las grandes ciudades, con todo el impacto negativo que este proceso genera. Los productores expulsados del sistema no son el único problema ni el único eslabón afectado; las consecuencias alcanzan directamente a la sociedad económicamente activa de las áreas urbanas y suburbanas que atendía las necesidades de esos productores. Esto ocurre porque los granos que genera el campo hoy se trasladan directamente a los destinos de exportación.
Para modificar esta realidad, la solución radica en dar valor agregado en origen: no trasladar los granos a los puertos, sino transformarlos localmente. Por ejemplo, convertir el maíz en etanol, transformar la proteína vegetal en proteína animal (a través de feedlots) o procesar la soja en biocombustibles. Tampoco es menor la importancia de transformar los desechos biológicos a través de la bioeconomía, ya que la logística de trasladar estos residuos es inviable por sus costos y hoy se están desaprovechando.
Propuestas
Las soluciones a este problema solo se lograrán saliendo por arriba y hacia adelante, dejando de mirar al pasado. Primero hay que aceptar la existencia del problema para encontrar una alternativa integral, revolucionaria y transformadora, la cual no se soluciona con una sola medida aislado, sino que requiere:
- Un Estado fuerte y presente: Es necesario aceptar la importancia de su rol regulador y planificador.
- Una Política Nacional de Producción de Alimentos: Establecer lineamientos claros sobre qué queremos producir, dónde, cómo, con quién y quiénes serán los consumidores de nuestras carnes, granos y subproductos.
- Planificación del Desarrollo Territorial: Incluir de manera prioritaria la importancia del arraigo y el crecimiento de las regiones del interior.
Esta idea no pretende solucionarle el problema únicamente al campo y a los productores —que son solo el primer eslabón—, sino que tiene un objetivo mucho más ambicioso: encontrar soluciones para la comunidad del interior, tanto rural como urbana, apoyándose en la producción primaria.
Se debe utilizar al sector rural como un dinamizador de la economía, dejando de verlo solamente como un sujeto al que se le extraen recursos o como un aportante fiscal permanente de divisas a través de impuestos directos (como las retenciones o DEX) e indirectos por producir commodities.
Propongo fomentar un RIGI agropecuario con la obligación de aplicarse al agregado de valor en origen. Esto reduciría impuestos a las grandes inversiones para evitar que la agricultura se transforme en una actividad puramente extractiva (similar a la minería) y lograr que demande mano de obra local, lo que consecuentemente generará más divisas.
No es posible pensar que los productores que dejaron el campo regresarán; eso sería añorar un pasado que no volverá tal como lo conocimos. Sin embargo, sí se puede transformar el futuro creando oportunidades para que las fuerzas productivas y emprendedoras replanteen la posibilidad de habitar y desarrollar el interior del país.
Es clave impulsar la bioeconomía de la mano de la ciencia, la tecnología, la comunicación y el desarrollo del conocimiento. Volviendo al ejemplo de Pergamino, esto implica potenciar el uso del INTA, la UNNOBA, los parques industriales y la creación de polos tecnológicos con programas orientados al agregado de valor en origen.
La articulación con los municipios es fundamental. Los actores territoriales deben ser protagonistas activos de esta transformación, respaldados por los gobiernos provincial y nacional.
Actualmente, el país sufre una gran carencia de infraestructura vial. El estado de las rutas y los caminos rurales es muy malo, y la tasa vial que se recauda a nivel local no se ve reflejada en su mantenimiento.
La biomasa y la bioeconomía deben ser hoy lo que la revolución verde fue en la década de 1970. El aprovechamiento de los recursos biológicos y su transformación en energía, junto al avance tecnológico, serán las herramientas que den anclaje a esa juventud que hoy emigra frustrada hacia los centros urbanos buscando un destino que no encuentra. Su futuro está cerca.
La presencia del Estado debe manifestarse mediante un plan estratégico que incluya líneas de créditos blandos dirigidos y la reducción de impuestos para aquellos innovadores que se instalen en el interior. Quienes agreguen valor a la producción primaria y transformen la biomasa deberían contar, con menos requisitos y beneficios similares a los que ingresan al RIGI o Super RIGI.
Tenemos la posibilidad y la obligación de reconvertir ese interior que supo ser próspero; no podemos permitir que se transforme en un desierto verde al que solo se le extraen riquezas, que no son ilimitados y sin proporcionar equidad social.
Estas propuestas deben impulsarse manteniendo el equilibrio fiscal logrado. Es un valor que se debe sostener y en el que nadie puede estar en contra, pero debe alcanzarse sin el desequilibrio que genera inequidad entre quienes hacen el esfuerzo.
Al Estado hay que reconfigurarlo, no destruirlo. Debe mantener fortaleza, eficacia, agilidad y presencia, respetando un sistema republicano y federal serio, no meramente declamado, defendiendo y respetando a las instituciones.
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