Columna de opinión
La Divina Comedia de Pergamino: entre el poder, la espera y la esperanza
12 de Octubre de 2026 | Carlos Elizalde
Si Dante caminara hoy por Pergamino, quizá no necesitaría alejarse demasiado para encontrar los materiales de su poema. Le alcanzaría con escuchar una conversación de café, acercarse a un comercio, detenerse frente a un taller o asistir a una discusión política. Encontraría una ciudad orgullosa de su historia y, al mismo tiempo, inquieta por su destino.
En esta recreación de su viaje, la selva oscura sería nuestra dificultad para saber hacia dónde vamos. Hay anuncios, opiniones, nombres que se ofrecen para el futuro y explicaciones para cada problema del presente. Pero entre tantas voces cuesta reconocer un proyecto de ciudad que pueda sobrevivir a una gestión, a una elección y a las ambiciones de sus protagonistas.
Imaginemos que nos guía la memoria de Pergamino. Una memoria que conoce el ruido de las máquinas de coser, el movimiento de los talleres, el trabajo de la madera, la fuerza del campo y el esfuerzo de quienes levantaron instituciones. También recuerda las oportunidades desperdiciadas. Tiene demasiado vivido como para creer que antes todo era mejor.
Con ella comenzaríamos el descenso.
En el primer círculo encontraríamos a los soberbios del poder. Estarían sobre una tribuna, explicándole a una multitud cómo debe vivir. Su condena consistiría en hablar eternamente sin poder escuchar una respuesta. Habrían confundido durante tanto tiempo la autoridad con la razón que ya no distinguirían una crítica de una amenaza.
Más adelante aparecerían los anunciadores. Rodeados de planos, carteles y cintas inaugurales, presentarían una y otra vez el mismo porvenir. Cada vez que intentaran llegar hasta él, el horizonte se desplazaría unos metros. Allí las palabras tendrían un brillo extraordinario; los resultados, en cambio, serían difíciles de encontrar.
También habría un lugar para los obsecuentes. Aplaudirían sin descanso, incluso después de que el escenario quedara vacío. Sus manos les impedirían señalar un error y el estruendo les taparía las preguntas de la calle. Ningún poder aprende a creerse infalible completamente solo.
En otro círculo caminarían los oportunistas, cargados de tantas banderas que no podrían avanzar. Recordarían con precisión a quién acompañaron, pero les costaría explicar qué ideas defendieron. Buscarían una salida preguntando quién va ganando.
Sería cómodo recorrer ese infierno señalando únicamente a los dirigentes. Pero nuestra guía nos llevaría hasta un espejo.
Allí estaríamos también nosotros cuando disculpamos en los propios lo que condenamos en los ajenos; cuando callamos para conservar una ventaja; cuando reclamamos participación, pero preferimos que alguien más asuma el costo de discutir. La vida pública se empobrece con esas pequeñas renuncias, repetidas hasta parecer naturales.
Después llegaríamos al Purgatorio. Y acaso esa fuera la parte del viaje que más reconoceríamos.
Estarían quienes levantan cada mañana la persiana de un negocio, quienes buscan trabajo, quienes intentan sostener un taller, quienes enseñan, cuidan y producen. Cada uno cargaría con sus preocupaciones y, además, con una palabra que en la Argentina suele prolongarse demasiado: esperar.
Esperar que mejore la economía. Que llegue una respuesta. Que se cumpla un compromiso. Que los hijos encuentren aquí una oportunidad. Que el esfuerzo alcance.
Una ciudad debe preguntarse cuánto tiempo puede pedirles paciencia a quienes la sostienen. Porque la espera tiene consecuencias: desgasta la confianza, posterga proyectos y, a veces, termina convirtiéndose en una partida.
¿Y el Paraíso de Pergamino?
Podríamos imaginarlo cercano, reconocible. Una ciudad donde trabajar permita proyectar una vida; donde una fábrica pueda pensar en crecer; donde los jóvenes tengan razones para quedarse o volver. Una ciudad que cuide sus espacios y pueda discutir sus obras antes de verlas terminadas.
En su vida política habría lugar para las preguntas. El Concejo Deliberante sería un ámbito donde las decisiones se expliquen, se examinen y se debatan. El gobierno entendería la rendición de cuentas como parte de su tarea. La oposición tendría que ofrecer algo más que su deseo de reemplazarlo.
Ese paraíso admitiría conflictos, porque una comunidad viva tiene intereses distintos. Su virtud sería poder resolverlos sin convertir a cada adversario en enemigo ni a cada ciudadano que pregunta en una molestia.
Al terminar el recorrido, nuestra guía nos dejaría una inquietud: cuánto de lo que lamentamos depende de decisiones que todavía podemos cambiar.
Pergamino tiene historia, capacidad y ciudadanos dispuestos a hacer. Necesita que esas fuerzas encuentren un rumbo compartido. El futuro merece una conversación más amplia que la disputa por quién ocupará el próximo despacho.
Quizá nuestra propia comedia empiece a cambiar el día en que dejemos de mirar solamente el escenario y nos preguntemos qué ciudad estamos construyendo entre todos.
Porque el peor destino sería acostumbrarnos al infierno, llamar paciencia al purgatorio y aceptar que el paraíso siempre queda en otra parte.
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