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"Los valores del profe": Más sobre el natatorio y el Estado municipal


06 de Junio de 2026 | Marín Batalla

En una nota periodística más o menos reciente –“La Pileta de Natación Pergamino, entre la competencia olímpica y la solidaridad”–, el decano de la prensa gráfica local sale al cruce de las denuncias públicas formuladas contra el ex natatorio municipal, hoy privatizado: se carga esa mochila al hombro (era esperable), y busca justificar lo mejor que puede –sin ninguna pericia y con desembozada demagogia– el penoso funcionamiento de esa prestación anómala, como minimizar las objeciones y las quejas que se han interpuesto en otros medios, en relación con su turbia expoliación deliberada del fondo patrimonial de la ciudadanía a quien pertenecía por derecho.  

 

La nota, pésimamente escrita (tal como nos tienen acostumbrados desde hace décadas), intenta disimular (mal) la propia implicación oficialista del medio (su parcialidad y sus favoritismos por los funcionarios que decidieron la tercerización), evade todo lo posible mencionar la repartición municipal y a sus mandantes (obsérvese la asepsia del título) y realiza una especie de rendición de servicios (¿por cuenta y cargo de sus actuales prestadores?), con el fin de revestir el holgado espacio que se les destina, de una objetividad fingida, fraudulenta: puramente demagógica. 

 

El tono espurio, postizo e impostado de esa nota –más falso que una declaración de bienes– revela, parece obvio decirlo, la transparente ambición de unos pocos por retener un negocio que pasó a ser, desde su privatización, un bastión privado, y el no menos visible interés de otros por merecer y justificar –arrodillando a un medio leal y a sus venales periodistas– el sólido apoyo de un gobierno de parroquia de quienes se consideran testaferros. Como se ve, es la historia conocida: unos y otros defienden lo suyo como pueden; le sacan al ciudadano de a pie para engrosar sus arcas particulares.

 

La nota omite cuidadosamente revelar a los lectores las razones que conducen a levantar con tanto ahínco una defensa encarnizada de esta nueva gestión. Y, en esa decisión controvertida, desinforma. Porque sucede que, como ya hemos explicado, el cuerpo de concejales de esta ciudad votó el pasado año porque nuestro natatorio municipal, construido años ha con el dinero de los conciudadanos, se entregara, en bandeja de plata, a la explotación de un privado (una desconocida Asociación y un Club deportivo conocido), que hasta el momento sólo duplicó el valor de las cuotas y descuidó todo lo demás: caldera, vestuarios, condiciones de higiene y salubridad. 

 

Hubiera sido interesante que el medio que publica semejante nota laudatoria, hubiera también recordado a sus lectores el proceso de licitación por el cual se cedió semejante instalación de obra a un tercero, y del que se sabe en verdad bastante poco. ¿Existió abiertamente un mecanismo licitatorio, una convocatoria seria a un concurso de aspirantes? ¿Hubo un pliego de condiciones con severas cláusulas de calificación del prestador y con claras condiciones de prestación del servicio que se entregaba en arrendo? ¿Se conformó un organismo controlador capaz de fiscalizar el cumplimiento de ese pliego de condiciones? ¿Se previeron cláusulas de penalización ante incumplimientos y/o desidias por parte del oferente del servicio? ¿Qué respuestas (demagógicas) tienen para darnos ahora nuestros concejales al respecto? Misterio profundo…

 

Quienes se crean susceptibles a las emociones fuertes (y quieran evitarse el riesgo de un bobazo), deberán abstenerse entonces de enterarse de que los nuevos propietarios afirman sostener, con la pileta, un “fuerte compromiso social enfocado en la integración, la discapacidad y la tercera edad”; que las metas que los impulsan son “la inclusión y el compromiso social”; y que el natatorio se abrirá a “instituciones públicas, escuelas, centros de desarrollo comunitario y escuelas privadas con temática en discapacidad” (acá no se entiende muy bien si quienes piensan que la discapacidad es sólo una “temática” son los ignorantes del diario, o bien los ignorantes que conducen el “nuevo” natatorio).

 

Aunque las diéramos por ciertas, semejantes afirmaciones populistas, dirigidas a impresionar el corazón candoroso y la lágrima fácil (¿contamos en casa con un buen stock de carilinas?), caen por necesidad dentro de las obligaciones corrientes –de más está decirlo– que cualquier institución que trabaje con personas debe indelegablemente garantizar. No se trata de ningún mérito particular, señores. Ni tampoco de algo que demande formar una comisión pro monumento, liderada por los ediles patriotas del Concejo. ¡Por supuesto que tienen que hacer todas esas cosas! Las obviedades y los lugares comunes son, mal que les pese, el caldo de cultivo de los charlatanes. De existir un Tratado sumario de demagogia, sólo la lectura del índice lograría describirlos a ustedes parte a parte…

 

La nota es tan (deliberadamente) confusa que mezcla el Parque Municipal con la llamada Villa Olímpica (¿?), la Villa Olímpica con la pileta, la pileta con la Subsecretaría de Deportes, la Subsecretaría de Deportes con “la hotelería, la gastronomía y el turismo receptivo” (parece un chiste, pero está escrito así), como si todo fuera parte de la misma ensalada privatista, y ya no quedaran, en los alrededores de esa Villa, bienes en propiedad indiscutible del Estado. Todo, por las dudas, se sugiere privatizado; manipulado –calculadora y resúmenes de transferencias en mano– por los desconocidos de siempre de las Asociaciones a cargo. El cielo, los árboles y los bicharracos del pasto, ¿también entrarán en el marco del paquete que se ha tercerizado? 

 

Ante tanta calculada desinformación gratuita, acaso convenga conocer algunos datos de la historia, y recuperar para la memoria de los tiempos la imagen luminosa de personas que no pensaron ni en sí mismos ni en sus propios intereses, y que en cambio encauzaron su formación profesional y su tiempo de trabajo al servicio fundamentalmente de los otros, sin aguardar nada a cambio. Y es que ese natatorio descomunal en nuestro medio (que en una ciudad como ésta parece caído del espacio), fue la apuesta personal (el proyecto lunático) de un soñador altruista y fervoroso: el profesor Rubén Salas. 

 

Fue Rubén quien, con el magro sueldo de un empleado municipal (hoy que eso está también en discusión), pero con el entusiasmo y el saber disciplinar, legitimado por su formación específica, acompañó, en un primer gobierno, el traslado del servicio de pileta de la Plaza Miguel Dávila, en pleno corazón de la ciudad, al Parque Municipal, y siguió allí de cerca la construcción de un ambicioso natatorio y, en otra gestión gubernativa, su posterior cerramiento y su climatización, algo que entonces se criticó como gravoso para el bolsillo de los contribuyentes.

 

Pero se trató, quién puede dudarlo, de una inusitada movida social y cultural (dirigida a potenciar a los sectores vulnerables; enaltecida por la apuesta en los valores humanos), animada por el espíritu democratista de servicio que, según quienes lo conocieron bien, conformaba el temperamento humanista de Rubén: la utopía (hoy irrealizable y abortada) de que esa pileta fuera utilizada por quienes no tenían acceso a clubes privados, vale decir, por los chicos de los centros comunitarios, las escuelas públicas, los jubilados, las personas discapacitadas, los miembros de nuestra comunidad sin medios materiales a su alcance… 

 

Nada muy complicado y retorcido. Apenas la concepción de un natatorio dirigido a engrandecer lo que suele llamarse el bien común: abierta accesibilidad a todo el mundo; las mismas posibilidades para todos; amplio disfrute de bienes materiales y simbólicos sin que ningún ciudadano tuviera que pagar un solo centavo para ello… ¿Qué cosa es lo que resulta tan difícil de entender? ¿Es que se puede ser tan inmoral para negar estos valores intachables, de un equilibrio rabiosamente nivelador, igualitario? En lugar de rifarlo al mejor postor de los amigos, hubiera sido sin duda un gesto de decencia y de justicia otorgar el nombre de Rubén a ese complejo; y honrar sus principios rectores de gratuidad y de inclusión, conservándolo como bien patrimonial del Estado que es de todos.

 

Estamos hartos de escuchar el miserable argumento triunfalista de que las prestaciones onerosas que nos brindan los terceros (en detrimento del Estado), nos consolidan en un sitial de privilegio como referentes atendibles del planeta, y que nuestra posición como ciudad señala un triunfo (puro chauvinismo barato) que el resto de los pueblos de la tierra nos envidiarán en un futuro que es –¡como el mismísimo Dios!– pergaminense. Podridos de escuchar que nos creemos el ombligo del país (que el mundo nos queda chico y precisamos otro talle) y que somos, por añadidura, campeones de la vida. 

 

Lo más seguro es que Rubén no pensara en el deporte vinculándolo con lo que hoy llaman la “alta competencia”, ni buscara que ganemos la copa redonda que se mira y no se toca; que no hablara de convertirnos en atletas virtuosos y en olímpicos de fama, de ésos que entran al Libro Guinness de los Récords y posan sonrientes para el fotógrafo de El Gráfico (aunque disfrutara con que la ciudad y sus jóvenes atletas ganaran sus medallas). Acaso pensara en el deporte como en un entretenimiento distensivo, como una posibilidad recreativa entre otras muchas. O sondeara su eficacia terapéutica camino a fortalecer una calidad de vida más digna, más saludable y placentera. 

 

Lo que en cambio no cabe dudar es que –como Atilio Saint Julien, como Basilio González o como Walter Rausch, a quien consideraba su maestro– pensara que el deporte (la natación en este caso) podía volverse una herramienta conducente hacia la directa transmisión pedagógica de valores éticos y humanos: ésos que estimulan el compañerismo y la fraternidad entre los hombres; los que llevan a iniciar una amistad duradera como el tiempo; los que nos hacen filántropos, más empáticos y más solidarios con los que menos tienen y más nos necesitan. 

 

Son ésos los valores que nos invitan a darle la espalda a negociados y a inversiones, y a abrazar, con un ademán reparador, a las personas con las que tenemos aspiraciones compartidas y una vida en común (no a venerar las empresas de los parques industriales). Los valores, en suma, del profe Rubén Salas: los que nos vuelven seres humanos más sensibles y menos demagogos…



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