“Ya no tendría que venir, pero vengo al negocio porque me da tranquilidad”. La frase parece sencilla, casi cotidiana. Sin embargo, alcanza para entender que, para Alberto Gabino Sánchez, el trabajo nunca fue solamente una manera de ganarse la vida. Fue una forma de construir vínculos, de sentirse útil, de conocer personas y de encontrar un lugar propio. Por eso, aunque hace años llegó el momento de jubilarse, todavía continúa acercándose al negocio de baterías ubicado sobre Ameghino. Ya no tiene obligaciones ni horarios que cumplir.
Nadie lo espera para una emergencia ni tiene que salir corriendo ante un llamado. Ahora va porque quiere. Allí están los vecinos, los amigos, el mate, las conversaciones y una rutina que, con el paso del tiempo, dejó de ser una obligación para convertirse en una elección. Quizás por eso ese lugar todavía le da tranquilidad.
Los primeros años
Alberto Gabino Sánchez nació el 10 de noviembre de 1955 y creció en el barrio Centenario, dentro de una familia de trabajadores. Fue alumno de la Escuela 77, actualmente Escuela 53, en una época muy diferente a la actual, donde las posibilidades parecían estar mucho más acotadas. Había que estudiar o trabajar. Y Gabino eligió trabajar.
Desde muy joven conoció el esfuerzo, las responsabilidades y el valor de cada peso ganado. También encontró en el deporte una de las formas de disfrutar aquellos años. El fútbol ocupaba un lugar importante en sus tardes, hasta que una lesión terminó modificando un poco el rumbo. “Antes el deporte era lo más lindo que había, era la distracción que teníamos”, recuerda.
Pero si hubo una pasión que consiguió atravesar prácticamente todas las etapas de su vida, esa fue la bicicleta.
La bicicleta, una pasión
Como tantos chicos de aquella época, Gabino aprendió desde temprano que para conseguir algo había que trabajar por ello. Comenzó como repartidor en una carnicería del barrio y de aquellos primeros sueldos fue guardando dinero hasta poder comprarse su primera bicicleta.
A comienzos de la década del 70 empezó a competir. Aquella bicicleta no solamente le permitió recorrer caminos y participar de carreras. También le abrió las puertas a un mundo nuevo de amistades. Fueron años de entrenamientos, competencias, viajes y encuentros que quedaron guardados para siempre en la memoria.
“La bicicleta me dio muchos amigos”, resume hoy.
Con el paso del tiempo, aquella pasión volvió a encontrar su lugar. A mediados de los años 90, Gabino regresó al ciclismo y encontró allí ese espacio propio que necesitaba. Lo llamó su “cable a tierra”. Llegó a formar un equipo de promocionales y participó también en la categoría veteranos, compartiendo carreras y caminos con amigos.
Los años pasaron, pero la bicicleta nunca desapareció. Hoy ocupa un lugar dentro del negocio de baterías, esperando que Gabino encuentre el momento para repararla y devolverla a la pista. Es casi un objeto más dentro del lugar, aunque seguramente sea uno de los que más historias guarda. Porque hay objetos que también cuentan la vida de una persona.
Años de un trabajo
Mientras la bicicleta ocupaba un espacio importante en sus momentos libres, el trabajo se convirtió en otra de las grandes constantes de su vida. Durante muchos años se desempeñó en la Dirección de Energía de la Provincia de Buenos Aires (DEBA), actualmente Transba SA.
Fue una etapa exigente. No había horarios fijos, las jornadas podían hacerse interminables y, ante determinadas circunstancias, podía pasar semanas lejos de su casa. Sin embargo, cuando habla de aquellos años, Gabino no lo hace desde la queja.
“Es un trabajo que te tenía que gustar”, sostiene. Y evidentemente le gustaba.
Aunque significara resignar momentos familiares, festejos o días enteros junto a los suyos, aquel trabajo también le dejó algo que con el paso de los años adquirió un valor enorme: amigos, compañeros y recuerdos.
Entre las tantas anécdotas aparece una tormenta que lo obligó a permanecer durante dos meses en Trenque Lauquen. Lo que entonces seguramente fue una exigencia difícil, con el tiempo terminó convirtiéndose en una de esas historias que sobreviven al paso de los años y que forman parte de la memoria de una vida.
Casi sin darse cuenta
Mientras trabajaba en DEBA, Gabino comenzó a buscar una alternativa para generar un ingreso extra. Las primeras enseñanzas llegaron durante las visitas a su abuela y luego, en lo de un vecino, comenzó a aprender a armar baterías.
Lo que inicialmente parecía una actividad complementaria fue creciendo lentamente hasta transformarse en un oficio y, después, en un emprendimiento propio.
El 22 de febrero de 1988, en su casa del barrio Belgrano, vendió su primera batería.
Desde aquel día pasaron casi cuatro décadas. Casi cuarenta años de trabajo, clientes, reparaciones, aprendizajes, cambios tecnológicos y cientos de historias vinculadas a un oficio que Gabino convirtió en parte de su identidad.
Sostiene que es el único soldador y armador de aquella camada que continúa en actividad. Y todavía conserva algunas prácticas que hoy ya parecen pertenecer a otra época. Entre ellas, armar y reparar baterías de seis voltios para autos antiguos. Desde el punto de vista económico ya no resulta conveniente, pero cuando los propietarios de esos vehículos quieren conservarlos originales, allí está Gabino.
Es un trabajo artesanal que se sostiene más por conocimiento y pasión que por conveniencia económica.
Una época donde la palabra valía
En todos esos años también quedaron las personas. Los nombres de quienes compartieron aquella vida laboral aparecen en su memoria con una naturalidad que permite imaginar toda una época.
Fiti, de San Remo; Titino, de Troncaro; Juan Ibáñez; Nannini, de Arrecifes, y tantos otros forman parte de ese álbum de recuerdos.
Gabino los menciona y detrás de cada nombre parece haber una historia.
Quizás por eso, cuando intenta definir aquellos años, no necesita demasiadas palabras. “Eran tiempos donde la palabra era un documento”.
La frase también habla de una generación acostumbrada a cumplir con lo que decía, a construir relaciones a partir de la confianza y a entender que un compromiso valía tanto como una firma.
Cuando llegó la jubilación
En 2012 llegó la jubilación. Después de tantos años de trabajo, emergencias, horarios cambiantes y responsabilidades, apareció algo que hasta entonces Gabino conocía poco: el tiempo propio.
El primer día de esa nueva etapa quedó grabado con una cuota de humor. Se levantó una tormenta y, por primera vez, Gabino no tenía que salir de emergencia.
Durante años, una situación así hubiera significado levantarse, prepararse y partir. Pero ese día no. Estaba jubilado. Podía quedarse en casa. El mundo seguía funcionando y él, por primera vez en mucho tiempo, no tenía que correr detrás de ninguna obligación.
El negocio que se convirtió en un lugar de encuentro
En 2018, después del fallecimiento de Fito, continuó junto a Tomás y Miguel al frente del negocio de baterías ubicado sobre Ameghino. El tiempo volvió a cambiar. Gabino ya no necesitaba trabajar. Pero siguió yendo.
Porque el negocio dejó de ser solamente un lugar de trabajo. Se convirtió en un punto de encuentro. Están los vecinos que pasan a saludar, los amigos que se acercan a compartir un mate, las conversaciones que pueden durar minutos o extenderse durante horas y esa sensación de estar en un lugar conocido.
Un espacio donde Gabino sabe quién entra y quién sale, pero, sobre todo, donde muchos conocen a Gabino.
Por eso aquella frase cobra ahora otra dimensión. “Ya no tendría que venir, pero vengo al negocio porque me da tranquilidad”. No habla de una obligación. Habla de pertenencia.
Una familia que también creció
Mientras transcurrían todos esos años de trabajo y esfuerzo, la familia también fue creciendo. Llegaron sus hijos Isabel, María de los Ángeles, Analía, Daniel, Eduardo, Tomás y Sol Beatriz. Después vinieron 14 nietos y seis bisnietos.
Una familia numerosa que representa quizás la obra más importante de una vida.
También sigue acompañando a Tomás, uno de sus hijos, que juega al fútbol en Juventud de Rojas. Están las peñas con amigos, las conversaciones con los vecinos y esos mates que parecen tener la capacidad de detener un poco el reloj.
Porque después de tantos años midiendo el tiempo en horas de trabajo, emergencias y jornadas interminables, Gabino encontró otra manera de hacerlo. Ahora lo mide en encuentros.
Seguir estando
Hay personas que, cuando llega la jubilación, necesitan alejarse definitivamente de aquello que durante décadas ocupó buena parte de sus vidas. Gabino eligió otro camino.
Sigue yendo. No porque tenga que hacerlo. No porque alguien se lo exija. Ni siquiera porque económicamente lo necesite. Va porque allí se siente bien.
Porque hay lugares que terminan formando parte de uno. Porque hay rutinas que dejan de ser rutinas y se convierten en identidad. Porque están los amigos, el mate, los vecinos, las historias y una bicicleta esperando ser reparada. Y porque, detrás del mostrador de un negocio de baterías, todavía permanece una parte importante de aquel joven del barrio Centenario que trabajó para comprarse su primera bicicleta, que encontró amigos en las carreras, que pasó semanas lejos de su casa por una tormenta, que aprendió un oficio y que el 22 de febrero de 1988 vendió su primera batería. Casi cuatro décadas después, el negocio sigue siendo parte de su vida.
La bicicleta sigue esperando. Los amigos siguen apareciendo. El mate sigue circulando. Y Gabino sigue llegando.
Quizás porque después de una vida entera dedicada al trabajo descubrió que también existe una forma de trabajar sin obligación: mantener vivos los vínculos, las costumbres y los lugares que hicieron que el camino valiera la pena. Por eso, aquella frase que al principio parecía sencilla termina explicándolo todo:
“Ya no tendría que venir, pero vengo al negocio porque me da tranquilidad”.
Y tal vez esa tranquilidad sea, justamente, la recompensa de toda una vida.