Columna de opinión

De la Noche de los Lápices a la historia en carne viva


22 de Octubre de 2026 | Juan Manuel Mancuso

Mi nombre es Juan Manuel Mancuso, soy abogado y docente. Doy clases de la materia “Derechos Humanos” en el Plan FINES, entre otras materias y escuelas.

Esta semana viví una de las historias más fuertes y conmovedoras que me tocó atravesar en años como docente.

Estábamos por empezar a trabajar en clase los 50 años de la Noche de los Lápices. Toda la comisión ya estaba sentada, esperando que arrancáramos, cuando una alumna levantó la mano y me dijo que tenía que contarme algo. Que le habían dicho que hablara conmigo sobre un tema que la tiene angustiada desde hace muchísimos años y para el que nunca ha encontrado respuesta ni solución.

No me lo dijo aparte ni en voz baja. Lo dijo ahí, delante de todos sus compañeros, en medio de la clase. Y el aula se fue quedando en silencio a medida que ella empezaba a hablar.

Nos contó que durante la dictadura le habían robado un hijo. Ella tenía apenas 14 años cuando quedó embarazada, producto de una relación no consentida. Por cómo lo relató, entendí que había sido abusada. Su familia le dio la espalda. Sola, sin pareja y con el embarazo en curso, terminó buscando asilo en un instituto de monjas, un convento de adoratrices en Pergamino, que la recibió sabiendo perfectamente su condición.

Cursando el tercer mes de embarazo, Mirta fue llevada por 2 monjas a la clínica General Paz. Inicialmente percibió el lugar como un gesto de humanidad y hospedaje; sin embargo, con el paso del tiempo comprendió que estaba retenida y sin libertad para salir de su habitación. Ahí adentro, le insistían sistemáticamente con que tenía que dar a su hijo en adopción. Y ella, con 14 años, se negaba. Decía, una y otra vez, que pensaba tenerlo y criarlo ella misma. Por esa negativa empezaron a hostigarla sin descanso: la amenazaban con denunciarla ante un juez para que le sacaran la tenencia apenas naciera, porque a esa edad y sin pareja, decían, jamás iba a poder criar a un bebé. Cuando manifestó su deseo de irse por primera vez, fue amenazada con la intervención del Juez de Menores. Luego de ese episodio, la mantuvieron medicada para evitar que se marchara.

Encerrada en su habitación, Mirta logró comunicarse a través de una ventanilla que daba a un pasillo y pudo entregar, a parejas que transitaban por el lugar, tres cartas que había escrito previamente (dirigidas a su madre, su padre y una amiga). En los escritos indicaba que no se anunciaran en la puerta y daba instrucciones precisas sobre cómo ingresar. Gracias a estas cartas, su familia pudo ubicarla e intervenir, lo que ella considera que le salvó la vida.

Al romper bolsa, la partera le preguntó si entregaría en adopción al bebé. Ante la negativa de Mirta, fue derivada en taxi hacia el hospital de Pergamino. Durante el trayecto, Mirta se encontró casualmente en una esquina con su madre, quien la acompañó hasta el nosocomio. Al llegar, las autoridades del lugar amenazaron a la madre con la policía para impedir que se quedara, prometiéndole avisarle cuando comenzara el trabajo de parto. El hijo de Mirta nació finalmente a las 4:00 de la madrugada.

El bebé permaneció con Mirta en la habitación hasta cerca de las 9:00 o 10:00 a. m., momento en que una enfermera se lo llevó argumentando que debía examinarlo un especialista por un problema de salud. Al nacer, el bebé había sido vestido completamente (con chiripás, ombliguero, pañales de tela y ranitas). Sin embargo, cuando se lo devolvieron a las 5:00 p. m., venía envuelto únicamente en una sábana y con la ropa en la mano. Su contextura física era extremadamente delgada ("puro hueso"), de modo que ya no era posible vestirlo.

Mientras Mirta pedía a gritos explicaciones médicas sobre el estado de su hijo, una mujer internada en la cama contigua le preguntó cuándo había nacido. Al responderle que había sido esa misma madrugada, la mujer le aseguró que eso era imposible, pues ella llevaba una semana viendo a ese mismo bebé en la incubadora de neonatología mientras visitaba a su nieto, reconociéndolo de manera inconfundible por las particularidades físicas, en concreto, la notoria y extrema delgadez de sus miembros superiores e inferiores.

El bebé falleció en brazos de Mirta durante su segunda noche en el hospital. A su madre le dieron una versión falsa, afirmando que Mirta lo había ahogado mientras lo amamantaba. Esta acusación y la amenaza de que Mirta iría presa si denunciaban el hecho sirvieron para silenciar a la familia.

Tras el alta de Mirta, el médico le negó la posibilidad de velar al bebé manifestando que ya había sido llevado al depósito del cementerio y que requerían autorización judicial para retirarlo. Con la ayuda de su padre, consiguieron el permiso de un juez y lograron trasladar el cuerpo a la casa de un amigo de la familia, ubicada a cinco cuadras del cementerio, donde realizaron el velatorio durante 24 horas antes de reingresarlo.

Y ahí quedó la espina que la acompaña hasta hoy: la certeza, nunca comprobada pero nunca abandonada, de que ese no era su hijo. De que a su hijo se lo habían cambiado,

Con los años esa angustia no se apagó, al contrario: la empujó a buscar a su hijo. Había detalles pequeños que nunca dejaron de resonarle. Y, llamativamente, cada vez que lograba avanzar en su búsqueda, empezaba a recibir amenazas e intimidaciones anónimas.

El relato solo se interrumpía por alguna pregunta que le hacía yo para ir ordenando cronológicamente la historia en mi cabeza o debido a que ella se quebraba y la emoción le dificultaba el habla.

Nos dijo que el 11 de noviembre de 2026 su hijo cumpliría 50 años y que durante todo este tiempo lo buscó sin parar. Llegó a dar con varias personas que podían ser él. Con una llegaron incluso a hacerse un examen de ADN, que dio negativo. Con otras, se encontró con el silencio o, directamente, con la negativa a hacerse un estudio que aportara mayores certezas. Ella parece comprender esa negativa o falta de cooperación: son personas de 50 años, con toda una vida construida, con padres, madres y abuelos que no son los biológicos, muchas veces sin saber siquiera que fueron adoptados. Descubrir a esa edad que la propia historia fue una mentira, o un engaño, puede significar el derrumbe de la estructura psíquica que sostiene a toda persona. Por eso, dijo, no le extraña que muchos prefieran no remover nada.

Golpeó muchas puertas. Habló con distintos abogados, se acercó a organismos de derechos humanos, y en todos lados chocó con lo mismo: le pedían un número de expediente para poder investigar, pero en la fiscalía le tomaron la denuncia pero la causa se archivó. Fue varias veces a denunciar y siempre pasó lo mismo: la denuncia quedaba ahí, cajoneada.

También intentó otro camino: contar su historia en las redes sociales, para que llegara lejos. Así consiguió encontrar a algunas personas con las que sigue en contacto y que podrían ser su hijo, pero, otra vez, se topa con la misma resistencia a hacerse un estudio de ADN, a dar el paso que podría confirmar o descartar todo.

Cuando terminó de hablar, el aula quedó en silencio unos segundos. No hizo falta que nadie dijera nada: todos entendimos que acabábamos de escuchar algo que iba mucho más allá de un contenido de clase.

Estábamos ahí para hablar de la Noche de los Lápices, de una historia que pasó hace 50 años. Y sin esperarlo ni buscarlo, nos encontramos con la historia en tiempo presente y en carne viva.



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