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Argentina necesita un sistema competitivo, no solo un tipo de cambio

Carlos Elizalde Por Carlos Elizalde | 24 de Enero de 2026

Argentina dispone de una base productiva envidiable para la región: universidades, capacidad técnica, industrias diversificadas en algunos tramos, y un sector agroindustrial con sofisticación exportadora. Sin embargo, esa dotación no se transforma en desarrollo sostenido porque el ecosistema que debería permitir la acumulación de capacidades funciona en contra de su propio potencial.

Ricardo Hausmann, desde su enfoque sobre complejidad económica y aprendizaje colectivo, ofrece una lectura útil y contundente para entender por qué los atajos —devaluaciones, controles, subsidios temporales— no bastan. El desarrollo industrial no es cuestión de precios relativos ni de voluntad política circunstancial: es el resultado de un proceso acumulativo que exige horizontes largos, financiamiento, reglas estables y la articulación de múltiples capacidades. Exportar más no es suficiente; lo decisivo es exportar cosas distintas y complejas que requieren coordinación técnica, calidad, escala y confiabilidad.

En Argentina, varios factores actúan como freno estructural. La inflación crónica destruye horizontes de inversión y rompe contratos a largo plazo; un sistema financiero corto y adverso al riesgo impide el financiamiento sustentable de proyectos industriales; la inseguridad jurídica y las reglas cambiantes elevan el costo país y desalientan la inversión productiva; la infraestructura y la logística deficientes limitan la escala y la integración en cadenas regionales y globales. Sumados, estos elementos conforman un impuesto sistemático sobre la exploración productiva y sobre la capacidad del sector privado para descubrir y consolidar nuevos rubros competitivos.

La política industrial, desde la perspectiva pragmática que propone Hausmann, no debe ser un inventario de ganadores elegidos desde el Estado. Su función es identificar y remover fallas de coordinación, facilitar bienes públicos específicos por cadena —infraestructura, formación técnica, certificaciones, acceso a financiamiento de largo plazo— y crear condiciones para que el empresariado experimente sin que el costo del fracaso sea destructor. El objetivo estratégico es moverse en el “espacio de productos”: aprovechar las capacidades existentes para diversificar hacia actividades cercanas y progresivamente más complejas.

¿Qué demanda esto en términos concretos para Argentina? Primero, compromiso creíble con la estabilidad macroeconómica: una inflación baja y persistente que restituya horizontes. Segundo, profundización de mercados financieros en moneda local que ofrezcan plazos y tolerancia al riesgo compatibles con inversiones industriales. Tercero, fortalecimiento del cumplimiento contractual y la previsibilidad normativa para que el riesgo político deje de ser una prima permanente. Cuarto, programas focalizados de bienes públicos por clusters que articulen capacitación técnica, logística y certificación. Todo ello debe implementarse con continuidad y con mecanismos de evaluación y ajuste, porque el aprendizaje productivo es gradual y requiere paciencia institucional.

El contraste entre populismo y desarrollismo se vuelve aquí claro: el primero prioriza la redistribución inmediata y utiliza instrumentos que erosionan la capacidad productiva; el segundo busca construir las condiciones para que la redistribución sea sostenible, elevando la productividad mediante acumulación de capacidades. Argentina no necesita más recetas coyunturales; necesita un sistema que haga rentable el esfuerzo colectivo de aprender a hacer cosas más complejas.

En suma: más que un tipo de cambio “competitivo”, Argentina necesita un sistema competitivo —un entramado de estabilidad, crédito, reglas y bienes públicos que permita convertir su potencial productivo en una trayectoria de diversificación, empleo calificado y crecimiento sostenido. Ese es el verdadero camino para que la riqueza del país deje de ser promesa y se convierta en desarrollo real.

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