Por Carlos Elizalde | 16 de Enero de 2026
En 2026 la Argentina se reconoce mejor si acepta que sigue poblada por tres tipos sociales que no son caricaturas sino funciones políticas y culturales: los pelotudos, los lanceros y los boludos. Cada uno cumple —voluntaria o involuntariamente— un papel en la reproducción de errores colectivos, y entender su origen verbal ayuda a entender su lugar en la historia y en la política.
De dónde vienen las palabras
Las voces «pelotudo» y «boludo» no nacen del insulto vacío sino de imágenes históricas y prácticas concretas. En los relatos de las guerras por la independencia y en la iconografía criolla, hay una escena repetida: las formaciones de gauchos frente a la caballería disciplinada. En ese esquema popular —probablemente más legendario que técnico— se habla de tres filas: la de los «pelotudos», que arrojaban grandes piedras o bolones para tumbar caballos; la de los lanceros, con facones y tacuara; y la de los «boludos», que venían atrás con las boleadoras para rematar. De ese uso inicial, que ligaba «pelota/bolón» y «boleadora» a roles combativos, la lengua derivó sentidos figurados.
Ya en la segunda mitad del siglo XIX la voz «pelotudo» empezó a tener una doble carga: por un lado la de «aguerrido, expositor al riesgo» (el que va al frente), por otro la de «estúpido», cuando se implícita la necedad de ponerse en situación de desventaja. «Boludo», por su parte, incorporó con los años matices que aluden a torpeza o a pereza mental, y en el imaginario popular se cargó incluso de alusiones físicas que nada tenían que ver con su origen. La memoria colectiva fue transformando la descripción operativa en insulto cotidiano; así, lo que fue técnica de combate pasó a ser metáfora moral.
Quiénes son en 2026
- Los pelotudos: no simples tontos, sino aquellos que, por miopía, ego o desinformación, actúan en contra del interés propio o colectivo. En 2026 son los gobernantes y actores públicos que prometen soluciones mágicas y, por cortoplacismo o teatrismo, profundizan problemas estructurales: políticas incoherentes que sacrifican inversión, reformas incompletas, o decisiones que confunden espectáculo con gestión. También son votantes que reproducen clientelismo o que, por identidades, eligen opciones que dañan proyectos de vida duraderos.
- Los lanceros: quienes se benefician de la fragmentación y el conflicto. Son operadores mediáticos y trolls que convierten la discusión pública en una guerra de ruidos; consultoras y fondos que especulan con la inestabilidad; dirigentes que prefieren la agudización de la crisis para obtener réditos temporales. Su rol es punzante: debilitan acuerdos, erosionan la gobernabilidad y hacen del conflicto un recurso.
- Los boludos: los que permanecen atrás creyendo que otro resolverá las cosas. No son solamente los indiferentes: son ciudadanos, instituciones y partidos que se acomodan en la queja y delegan la responsabilidad cívica. Su pasividad es comodín que permite a pelotudos y lanceros avanzar sin frenos. En 2026, la resignación electoral, la delegación del civismo y la dificultad para exigir cuentas explican por qué ciertas dinámicas se repiten.
Qué hacer
La interpretación histórica no es consuelo: reconocer los orígenes de las palabras nos recuerda que la lengua contiene gestos de coraje y de traición. Para dejar de ser un país atrapado en esos roles hacen falta incentivos distintos: políticas públicas previsibles y técnicas; instituciones independientes y transparentes; educación cívica que recupere el sentido de responsabilidad colectiva; sanciones sociales y políticas a la especulación. Menos insultos gratuitos y más demandas de eficacia y honestidad intelectual.
Pelotudos, lanceros y boludos son etiquetas con raíces en un pasado combativo y con ramificaciones en nuestra vida política actual. Recuperar su historia ayuda a no confundir bravura con necedad ni valentía con suicidio colectivo. En esa claridad, la ciudadanía tiene la herramienta más poderosa: decidir, exigir y participar con criterio. De eso depende que, en 2026, esas categorías empiecen a perder sentido porque el país haya cambiado las reglas del juego.
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