Columna de opinión

Salud mental: cuando una sociedad deja de cuidar


08 de Septiembre de 2026 | Marcos Carini

Hay problemas que dejan de ser individuales cuando comienzan a repetirse demasiado. Cuando las estadísticas dejan de ser números aislados y empiezan a mostrar una tendencia. Cuando el sufrimiento de muchas personas se convierte en una señal que una sociedad ya no puede ignorar.

La salud mental es, quizás, uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. Y el aumento de los suicidios en la Argentina debería obligarnos a detenernos, mirar alrededor y preguntarnos qué está pasando.

Durante 2025 se registraron 5.209 suicidios en el país: alrededor de 14 muertes por día. La tasa alcanzó 11,8 cada 100.000 habitantes, un nivel que no se registraba desde la década de 1930. Pero detrás de cada número hay una historia, una familia, un vínculo que se rompe. Y también hay algo más profundo: las condiciones de una sociedad que parece estar teniendo cada vez más dificultades para cuidar.

El problema no puede explicarse únicamente desde la historia personal de quien atraviesa una crisis. Si las consultas ambulatorias por salud mental crecieron un 23% en un año y las internaciones aumentaron un 42% entre 2023 y 2026, estamos frente a algo que excede ampliamente a los individuos. En la provincia de Buenos Aires, además, las internaciones de menores de 18 años aumentaron un 110% entre 2019 y 2025.

Émile Durkheim, hace más de un siglo, ya advertía que las sociedades podían atravesar momentos en los que determinadas tasas sociales se modificaban abruptamente y expresaban un “estado patológico”. Su mirada vuelve a resultar incómodamente actual.

Hay una pregunta que deberíamos hacernos: ¿qué estamos haciendo como sociedad para que tantas personas pierdan, en algún momento, el sentido, el disfrute o la posibilidad de imaginar un futuro?

La respuesta tampoco puede reducirse a una cuestión presupuestaria, aunque el presupuesto importe y mucho. La contradicción es evidente: mientras crece la demanda, la inversión en salud mental continúa lejos de lo establecido por la Ley Nacional de Salud Mental. Para 2026, según el análisis citado en el informe, representaría apenas el 1,42% del gasto total en salud, frente al 10% que la norma establece como objetivo.

No alcanza con cambiar leyes. Tampoco alcanza con inaugurar dispositivos cuando la crisis ya estalló. Hace falta una política sostenida, cercana y comunitaria. Hace falta fortalecer el primer nivel de atención, contar con profesionales, dispositivos intermedios y redes capaces de acompañar antes de que el sufrimiento se transforme en una emergencia.

Pero hay otra dimensión que no podemos delegar completamente en el Estado: nuestros vínculos.

Vivimos en una época que muchas veces confunde independencia con aislamiento. Estamos permanentemente conectados, pero no necesariamente acompañados. Podemos comunicarnos con cientos de personas y, al mismo tiempo, atravesar una crisis sin encontrar a quién contarle lo que nos pasa.

Por eso, hablar, escuchar y encontrarnos también es una forma de prevención.

Una conversación puede parecer un gesto pequeño frente a un problema enorme. No lo es. Preguntar cómo está alguien, advertir un cambio, acompañar, compartir un proyecto o simplemente estar puede convertirse en una diferencia enorme para quien atraviesa un momento de desesperanza.

Claro que las familias y las comunidades no pueden cargar solas con esta responsabilidad. Necesitamos un sistema de salud accesible, profesionales suficientes, políticas públicas que tengan continuidad y un Estado que asuma su responsabilidad. También necesitamos medios de comunicación que informen con responsabilidad, sin estigmatizar ni convertir el suicidio en espectáculo.

La prevención tampoco termina después de una muerte. La postvención, el acompañamiento a familiares y comunidades atravesadas por un suicidio, resulta indispensable. Pero llegar después no puede ser nuestra principal estrategia.

Si algo deberían enseñarnos estas cifras es que cuidar la salud mental no significa únicamente atender la enfermedad. Significa construir condiciones para vivir mejor.

Quizás la tarea más urgente sea recuperar algo que parece sencillo y que, sin embargo, estamos perdiendo: la capacidad de mirarnos, escucharnos y encontrarnos.

Porque una sociedad que deja de conversar también deja de advertir el sufrimiento de sus integrantes.

Y frente a una realidad que muestra cada vez más aislamiento, dolor y desesperanza, volver a construir comunidad no es una cuestión romántica. Es una política de cuidado.

El silencio no protege a nadie. Cuidar la vida exige volver a imaginarla como un proyecto compartido.



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