Columna de opinión

¿Qué pasa cuando los distintos dejan de serlo?


12 de Junio de 2026 | Macarena Dalaison

La declaración jurada del jefe de Gabinete, Manuel Adorni, donde aparece un patrimonio que no había sido informado pese a que durante meses se sostuvo públicamente que todo estaba declarado y en regla, podría ser leída como una polémica más de la política argentina. Sin embargo, la discusión parece ser otra. Manuel Adorni es la prueba. La tesis es otra.

Javier Milei llegó a la Presidencia siendo un outsider, sin estructura política propia, sin gobernadores, sin intendentes y sin los aparatos tradicionales que históricamente construyeron poder en la Argentina. Llegó al poder denunciando una casta que, según él, había convertido al Estado en una máquina de privilegios, oscuridad y beneficios para pocos en desmedro de la mayoría de la población. Llegó por dos promesas. La primera fue económica. La segunda fue una promesa moral.

Milei no solamente prometió resolver los problemas económicos. También construyó una explicación sobre por qué esos problemas existían. Dijo que la Argentina estaba atrapada por una dirigencia política que se beneficiaba mientras la sociedad se empobrecía. A esa dirigencia la llamó casta. Y más allá de las diferencias ideológicas que cada uno pueda tener con esa definición, existe una idea sobre la que resulta difícil discutir: casta es todo aquel que traiciona el mandato que le dio la sociedad. Porque nadie llega al poder para beneficiarse a sí mismo. Se llega al poder para mejorar la calidad de vida de la gente.

No se presentaban como mejores administradores. Se presentaron ante los argentinos como personas distintas, incluso más honestas, más transparentes; las "fuerzas del cielo", según la propia definición del oficialismo. El problema no es Adorni. El problema es la construcción de una superioridad moral que empieza a chocar con los hechos.

Importa el caso Libra. Importa la corrupción denunciada en ANDIS mientras se recortaban políticas destinadas a las personas con discapacidad. Importan los vínculos de José Luis Espert con Fred Machado. Importan los gastos reservados de la SIDE. Importan los patrimonios sin explicar. Y, por todo lo dicho, también importa la declaración jurada de ni más ni menos que el jefe de Gabinete, Manuel Adorni. No porque cada uno de estos episodios constituya por sí mismo una condena definitiva. Importan porque empiezan a poner en tensión una promesa. La promesa de que eran distintos. La promesa de que no reproducirían aquello que durante años denunciaron.

El filósofo Michel Foucault sostenía que el poder también se construye a través de los discursos. A través de relatos que organizan la realidad, que identifican culpables y que ofrecen una explicación del mundo. La categoría de "casta" fue una herramienta política extraordinariamente eficaz porque permitió ordenar la complejidad de la Argentina en una narrativa sencilla: estaban los responsables del problema y quienes venían a solucionarlo.

La honestidad proclamada nunca puede reemplazar la obligación de rendir cuentas. Por eso importan las instituciones. Por eso importan el periodismo, el Congreso, los organismos de control y la Justicia. Es imposible dejar de mencionar a la Corte Suprema. Porque si la corrupción es grave cuando la cometen unos, también debe ser grave cuando la cometen otros. Si la transparencia era una exigencia legítima para gobiernos anteriores, también debe serlo para el actual.

¿Qué pasa cuando quienes construyeron poder diciendo "somos distintos" empiezan a enfrentarse a las mismas preguntas que durante años hicieron sobre otros? Quizás allí empiece a encontrarse la respuesta a buena parte de la discusión política actual.

Rodolfo Walsh, uno de los máximos referentes del periodismo argentino, escribió y denunció muchas cosas, pero quizás toda su obra pueda resumirse en una obsesión, la distancia entre las palabras y los hechos. Tal vez por eso la discusión ya no sea una declaración jurada. Tal vez tampoco sea Manuel Adorni. Tal vez la discusión sea qué ocurre cuando los hechos empiezan a poner a prueba una promesa moral.

Porque llega un momento en que las palabras dejan de alcanzar. Y cuando eso ocurre, una sociedad no necesita creer más. Necesita preguntar más.



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