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Cuando las enfermedades afectan la sexualidad

El tabú que aún existe sobre este tema hace que la mayoría de la gente no hable el tema con su médico. Los pacientes se sienten condicionados cuando reciben el diagnóstico de un trastorno de salud.

En los comienzos de la historia de la humanidad, marcada por una mortalidad temprana, el sexo era una práctica de la población joven y sana. La pirámide poblacional mostraba las características de la poca sobrevida: muchos jóvenes y pocos ancianos. Las enfermedades agudas constituían las principales causas de muerte. Con la mejoría progresiva de las condiciones de vida y de los servicios de salud, la ecuación comenzó a cambiar: hoy existe cada vez más población adulta, de la tercera y hasta la cuarta edad.

Hoy, una persona puede convivir con varias enfermedades a la vez y no por eso estar con riesgo de vida. Por ejemplo, un paciente puede tener diabetes, hipertensión y alguna cardiopatía que no debieran afectar la vida sexual, pero por diversas causas que van más allá de la parte clínica, sucede.

En general, las enfermedades crónicas tienden a alterar las fases de deseo y excitación sexual. Incluso afectan el interés, un punto clave porque tener ganas y disposición de gozar no es lo mismo que tener deseo, sin embargo, ayuda. Si la persona tiene buena predisposición, significa que está receptiva a buscar ese estímulo que permita generar la conexión con el cuerpo. Para lograrlo es preciso estar tranquilos y confiados.

“Todo el circuito de excitación va a dar resultado cuando tenemos un cuerpo que nos acompaña. Sin embargo si a ese cuerpo le ‘pasan cosas’, no puede haber tranquilidad y confianza. Se vuelve perturbador para tener disposición de actuar, para buscar placer”, señala Liliana Burgariotti (M.N. 65.138) médica sexóloga clínica, educadora sexual y terapeuta de pareja. “El diagnóstico de una patología va a tener distintas valoraciones de acuerdo a la persona”, aclara.

Tanto para hombres como para mujeres el no poder comenzar, participar en o disfrutar del sexo puede llevar a la perjudicial pérdida de la autoconfianza. La especialista explica que cuando aparece un diagnóstico de enfermedad en la vida de una persona, esta va a estar influida por el contexto cultural de esa patología, las creencias de esa persona, las diferencias de género y la edad.

La noticia de cualquier enfermedad puede desencadenar ansiedad, trastornos del sueño y en consecuencia, se deja de lado la predisposición erótica. Dos de cada tres pacientes con disfunción eréctil, tienen enfermedades asociadas por ejemplo. “Suelen ser la punta del iceberg de una enfermedad crónica porque es la primera señal clínica. Se relacionan con el sistema vascular”, vincula la médica.

“Relacionar la diabetes con la disfunción eréctil, por ejemplo, ya puede afectar a la persona desde el primer día, cuando encara con temor el encuentro sexual. El miedo puede alterar el mapa erótico más que el propio diagnóstico”, detalla la sexóloga. Otro punto son los medicamentos que se utilizan para el tratamiento de las enfermedades, que pueden condicionar negativamente la vida sexual del paciente.

Algunos mitos sobre la respuesta sexual

“Con la histerectomía, cuando se pasa por una resección del útero, la mujer plantea de forma popular que ya no goza como antes porque ‘la vaciaron’”, plantea Burgariotti y explica que este mito ocurre porque se relaciona la sexualidad con la capacidad reproductiva y no con el goce. Lo mismo sucede con la operación de prolapso. “Ni las pacientes se animan a preguntar, ni los médicos se animan a comentar”, revela.

La capacidad de concentrarse y la libertad de goce también pueden perturbar la sexualidad de algunas mujeres que fueron operadas de las mamas incluso cuando no se las hayan extirpado.

“La dependencia emocional que dejan algunas secuelas como el ACV, puede deserotizar y desvincular a la persona de su vida íntima. Hay que trabajar en la autoestima, habilitar posibilidades para que la persona pueda gozar”, recomienda la educadora sexual. “Se pueden cambiar posturas y tener presente que un encuentro no tiene por qué ser coital para ser orgásmico”, remarca y entre otros recursos destaca que hay que darle lugar a la sexualidad, poder escuchar, informarse para evitar que aparezca una disfunción sexual y si no es suficiente, ir a una terapia sexual. “Hay que habilitar herramientas para el goce, estimular encuentros sin exigencias, resignificar el placer no coital”, concluye.

 

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