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El indispensable apoyo para quien no disponen de su libertad

Desconfiados, y un poco sorprendidos por que alguien “les preste atención”, los familiares de los presos en su mayoría suelen negarse a dialogar sobre su situación, y sólo esperan que los minutos pasen mientras arman una fila en la entrada al edificio carcelario.

Jueves de 14 a 16 y sábados y domingos de 8 a 14. Esos son los únicos horarios que los familiares, amigos y allegados de los reclusos de la Unidad Penitenciaria 13. Un total de 14 horas semanales, divididas en tres días distintos, tienen los convictos para compartir y charlar sobre lo que les ocurre.

Los visitantes suelen llegar un par de horas antes, con bolsas de comida para compartir y con ganas de que finalmente la reja se abra, los revisen rápido y sentarse cara a cara, en un salón común, con su ser querido.

Dentro de los tres días, el más elegido es el domingo, según afirmaron a La Verdad, ya que los familiares de los reclusos que son oriundos de otras ciudades suelen venir en colectivo por el fin de semana, y los juninenses se acercan luego de ir el jueves.

Desconfiados, y un poco sorprendidos por que alguien “les preste atención”, en su mayoría suelen negarse a dialogar sobre su situación, y sólo esperan que los minutos pasen mientras arman una fila en la entrada al edificio carcelario.

“Yo vengo hace 30 años”, comenzó diciendo un hombre de aproximadamente 65 años. Se enoja cuando recuerda a su hijo, que “se murió acá adentro”, dijo mirando de reojo hacia adentro, y aclaró: “Ahora vengo a acompañar a mi pareja, que viene a ver a su hijo”.

“Acá no arreglan a nadie, es todo muy corrupto. El que diga que la cárcel ayuda está mintiendo”, afirmó. Según él, “la gente les trae comida a sus familiares porque acá no comen bien”. “Entran camiones de carne y de verdura, pero se va toda al casino de oficiales. A los reclusos le dan verduritas hervidas”, denunció.

Para el hombre, “el sistema es cruel y sólo trata de aislar a los presos”, a esta altura de su vida, “después de entrar más de mil veces”, ya no confía en nadie: “Yo nunca vi nada, pero a mí me contaron cómo se roban las cosas, de diez paquetes de cigarrillos entran seis. Los ‘vigis’ (como llama a los trabajadores carcelarios) no se compran ‘puchos’ nunca”.

La mayoría de las visitas vienen por parte de las parejas con hijos, como es el caso de una mujer de 46 años. Ella visita a su “compañero” siempre que puede: “Vengo todos los jueves y si puedo también el sábado y el domingo, y sino el domingo sólo”.

“El jueves suelen venir de la región, pero los familiares de la gente que es del Gran Buenos Aires o un poco más lejos viene sólo los fines de semana”, continuó.

También carga con bolsas, en las que lleva una gran cantidad de comida, alguna para dejar y otra para disfrutar de las pocas horas que el sistema le permite ver a su “compañero”.

Según la mujer, los cacheos son normales, “nadie te toca, uno sólo se levanta la remera y las oficiales te miran”.

“Cuando abren la reja tenemos que ir a un lugar donde dejamos la comida y la revisan también. Por lo general no hay nada que no nos dejan pasar. A mí nunca me sacaron ni me faltó nada. Después vamos al salón común y nos dan las cosas”, finalizó.

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