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La historia de una docente que sufre en primera persona los embates de los agroquímicos

Ella vive en la localidad santafesina de Desvío Arijón y la casa de Miriam Martínez linda con un depósito que hace las veces de acopio de frutilla y otros vegetales, el mismo se ha convertido en un verdadero calvario para esta mujer y su madre. La similitud con el caso de la pequeña Ludmila, vuelve a interpelar los controles y exacerbar responsabilidades.

Miriam Martínez mora en la localidad santafesina de Desvío Arijón (dpto San Jerónimo), ella es docente titular de nivel inicial de la escuela del pueblo. Actualmente se encuentra domiciliada en Avenida José Arijón 1050, donde vive junto a su madre, una maestra jubilada de 73 años. Nacida y criada en la casa donde habitan, hoy en día contempla como aquella tranquilidad que supo abrazarla desde niña, ha mutado de una manera escabrosa.

Los conflictos con un vecino que lleva adelante un acopio de distintas frutas y vegetales, se desatarían 5 años atrás. Desde allí, mediaciones, denuncias en la comuna local y un largo peregrinar que incluye destacamentos policiales, centros de salud y juzgados. El camino de aquellos que no quieren hipotecar su vida en mano de los agrovenenos, mostraría un nuevo sendero, el que transitarían madre e hija enarbolando su dignidad como único y preciado estandarte.

Sobre la ruta 11, más precisamente en Avenida José Arijón 1070, se encuentra el  establecimiento que fue declarado este año “industrial” por la comuna de Desvío Arijón. Con tinglado a cielo abierto, y desagüe de líquidos y restos de frutillas a la banquina frente a la ruta nacional 11, esta instalación lleva 12 años practicando la actividad de acopio  y despalillado de frutillas, algo que puso en jaque la salud de Miriam Martínez producto de los químicos que utiliza el agro.

Cabe destacar que la frutilla (producida en Arroyo Leyes, Rincón, Coronda, Desvío Arijón, Monte Vera) es el alimento con más presencia de agroquímicos en Santa Fe, y el segundo en carga de química del país. Antes de la siembra de los plantines se esteriliza el suelo con bromuro de metilo —un gas desarrollado durante la Segunda Guerra y usado como insecticida, fungicida y acaricida, prohibido por el Protocolo de Montreal— y otros componentes. Distintos estudios arrojaron 40 tipos de químicos diferentes, incluido el glifosato, usado para reducir las plantas no deseadas en los laterales de los terrenos. De esta manera se produce la frutilla, un postre que se ha convertido en una verdadera bomba química.

Romper el silencio batallando contra un enemigo desestabilizador, el miedo

Desde hace 5 años, tanto mi salud como la de mi madre, han empeorado. Existe un dato que en lo particular considero de suma valía, mi abuela y mi tía han fallecido de cáncer, y al igual que ellas otros tantos vecinos, el dato, todos moraban en la misma manzana en la que nos encontramos viviendo”, de esta manera iniciaría una profunda y sensible charla con Conclusión Miriam Martínez, una mujer que decidió hacer público su sufrimiento.

Si bien la problemática existente tiene como referencia un lugar de acopio y despalillado de frutillas, y el mismo no almacenaría agroquímicos, la peligrosidad tiene su anclaje en la utilización de químicos para la preservación de frutas y verduras, y la circulación de líquidos peligrosos.

El caso testigo de Monte Maíz nos obliga a tomar la verdadera dimensión que merece este tipo de casos. “La situación preocupante es que pudimos documentar y demostrar, que en las manzanas donde había depósitos de agroquímicos, había más enfermos de cáncer. Si bien todo el pueblo está cerca de las fumigaciones, en aquellos que se encontraban residiendo cerca de los depósitos, los casos de cáncer aumentaban”, comentaría el médico Medardo Ávila tiempo atrás, después de un imprescindible intercambio con Conclusión.

La nocividad del modelo productivo debería ser a esta altura de las circunstancias, un debate perimido, pero lejos está serlo. “Nosotras refaccionamos nuestra vieja vivienda a base de créditos de la mutual Socorros Mutuos de Coronda, en la cual trabajé casi tres años como docente de su jardín de infantes y somos socias de dicha entidad. Particularmente tuvimos que cerrar las rejillas de ventilación de  toda la vivienda ya que lindamos, del lado sur, directamente a su desagüe a cielo abierto”, sostuvo Miriam.

Debido al contacto permanente con sustancias peligrosas, construyeron un muro privativo de 2 metros de altura en todo el perímetro del terreno para evitar que les arrojen los desechos de frutilla y el agua contaminada con agroquímicos que queda estancada en el desagüe, al pasillo de su vivienda.

El comienzo de la tortura <así lo define la docente> y los problemas de salud. “Este año la comuna lo declaró en plena zona urbana, establecimiento industrial pyme, con el riesgo que esto conlleva. Nosotras somos las únicas vecinas lindantes, amenazadas por escrito por el presidente comunal con hacernos un juicio por reclamar y denunciar ante el Ministerio de Trabajo y Medio Ambiente de la provincia.”

Desde 2017 comenzamos a sufrir estrés, cefaleas e hipertensión por falta de descanso, ya que trabajan de día y noche interfiriendo en nuestro relajo. Alergias y problemas respiratorios han ganado mucho terreno en nuestras vidas, el 1 de julio sufrimos una severa intoxicación con agroquímicos, siendo yo la mayormente afectada. El olor a agroquímicos es fuertísimo, ya que curan los zapallitos y los acopian atrás de una media sombra azul que cubre el tinglado”.

Miriam Martínez colecciona certificados médicos, los mismos hablan desde la ulceración de su fosa nasal y sangrado, hasta ulceración de laringe. Como suele ocurrir en este tipo casos, la pulseada legal suele ser tan desgastante como exasperante. “Se realizaron denuncias pero fueron rechazadas por el fiscal Necier, luego de dicha desestimación nuestra salud empeoró, por lo cual se presentó la queja de apelación”, cuenta la docente.

Sobre la necesidad de que el establecimiento sea inspeccionado profundamente, enfatizó: “En su momento llegó un inspector de la comuna, que lejos de ser experto en el tema, pudo constatar que no trabajan específicamente con agroquímicos ya que no encontraron envases de los mismos; pero los alimentos que acopian los traen consigo, agregando que también <los curan> con este tipo de sustancias tóxicas”.

Somos dos mujeres solas, sin vecinos lindantes, ya que muchos han fallecido y sus casas se encuentran deshabitadas. Llevamos una dura lucha desde hace 5 años, destruidas económicamente por gastos de abogados, pero por sobre todas las cosas, por nuestro deterioro en la salud”.

Tanto Miriam como su madre Marta, han tenido que prescindir del disfrute de su patio debido a los olores nauseabundos, la imposibilidad de poder ventilar  la casa, abrir los vidrios y descansar a la madrugada,  ya que el lugar en conflicto comienza con sus tareas a las 3 de la mañana, a plagado de de sombras la vida de ambas.  “Para poder salir a nuestro patio, debemos hacerlo con barbijos, ya que la exposición a los químicos es demoledora. Nuestra vida ha mutado considerablemente, transformándose la misma en un verdadero calvario que transitamos en absoluta soledad, más allá de que hoy son muchos los que buscan tendernos una mano”.

A Miriam Martínez la aguardan una serie de análisis médicos, serían alrededor de 40, ya que el diagnóstico clínico sería más complejo. “Podría estar comprometida mi médula, ya que al doctor que me atiende en la actualidad, le generaron preocupación las diferencias surgidas en los últimos análisis. Debido a las distintas afecciones que vengo padeciendo, podríamos estar a las puertas de una afectación crónica. Este es un pueblo chico en donde nos conocemos todos, la matriz productiva a base de venenos, ha generado una división entre los habitantes, ya que los damnificados hemos decidido salir a visibilizar y denunciar los atropellos a nuestra salud”.

El apoyo de su gremio y de la Red Federal de Docentes por la Vida, le han brindado a Miriam y Marta, una contención que si bien parece no alcanzar, es de vital importancia. El escenario se erige como una parada poco amigable, la comuna desoye, la justicia hace de su ceguera una colectora desprejuiciada, y el privado pretende seguir adelante con su actividad de una manera nada empática.

Lo sucedido en Bernardo de Irigoyen con Ludmila Terreno, debería servir como un concreto caso testigo, allí los venenos que llegaban desde un galpón lindero a su hogar, pusieron contra las cuerdas la salud de un pequeña. La historia parecería repetirse en Desvío Arijón, si bien el final de esta película digna de Béla Lugosi cuenta con un final abierto, el daño que ya ha originado, es imposible de resarcir ¿Hasta cuándo piensan seguir envenenando el presente para matar el futuro?

Foto de tapa ilustrativa

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