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“Me contagié el coronavirus y medio pabellón perdió el olfato y el gusto”: la revelación del hijo preso de uno de los “ladrones del siglo”

”Juan Manuel Zalloechevarría -hijo de uno de los integrantes de la banda que asaltó el banco de Acassuso- está detenido en Florencio Varela por el robo en un banco. Y le contó a Infobae cómo conviven con el Covid-19 en la cárcel: “Ruego que el virus no mate a mis compañeros”

La mañana del miércoles 8, en el pabellón 1 de la Unidad Penal 32 de Florencia Varela, al menos cinco presos se despertaron sin olfato.

El aroma que tiene la cárcel se impregna aún cuando se sale a la calle y es difícil de describir porque es una mezcla entre rancio y húmedo. Un aroma que el Gordo Valor, el famoso ex ladrón de bancos y blindados de la superbanda, definió con una frase: “Toda cárcel huele a huele a rata muerta mojada”. Pero esos olores eran esta vez una ausencia preocupante para los detenidos de esta prisión en la que ya hubo un caso positivo de coronavirus el 21 de mayo, el de un guardiacárcel que fue dado de alta.

-Varios guardias dieron positivo al principio, pero de nosotros no sale nada en las noticias. Nos contagiaron los que vienen de afuera –dice Juan Manuel Zalloechevarría, uno de los internos que perdió el olfato, uno de los síntomas del virus. Es hijo de “El Paisa” Julián, uno de los miembros de la banda del robo del siglo al banco Río de Acassuso, ocurrido el 13 de enero de 2006.

Juan Manuel tiene 37 años y está detenido desde el 29 de septiembre de 2016, imputado por el robo de un banco en la zona sur bonaerense. Los investigadores creen que quiso imitar a su padre. Hasta refieren que eligió robar una sucursal del banco Santander Río. El golpe fue el 29 de octubre de 2015 en la avenida Hipólito Yrigoyen al 10500, en Temperley.

Se cree que Juan Manuel entró disfrazado de gendarme, le mostró fotos de su familia al custodio del banco y lo paralizó. El ingreso se hizo en el momento justo en el que cerraba el banco. Todo duró cuatro minutos: en el banco entró luego un ladrón con antifaz disfrazado de policía y un cómplice vestido como empleado de correo. Mientras uno encañonó a los empleados y al custodio, los otros dos llenaron con billetes una bolsa. Huyeron en una camioneta con ocho millones de pesos.

“Yo no robo, cuento historias de robo”, dijo Juan Manuel en su momento. Pero ahora no quiere hablar de su pasado criminal ni del robo más famoso de la historia policial argentina. Está preocupado por la pandemia y dice que nadie les da respuestas.

-De 100, somos 30 los que estamos con todos los síntomas. No somos dos o tres. Siempre que tuve gripe me curé en dos o tres días. Hace diez días que estoy así.

-¿Cómo empezó?

-Nos asustamos cuando nos dimos cuenta que no sentíamos el sabor y el olor de nada. Encima estamos hacinados, cinco en celdas para dos. No podemos caminar adentro, tenemos que estar sentados o acostados. Hay muchachos que duermen en el piso.

-¿Cómo se siente ahora?

-Me siento mal. Un dolor punzante en la cabeza, dolor de garganta, un poco de fiebre. Pero lo que más nos sorprendió es que perdimos dos de los sentidos.

-Cuente ese episodio...

-Preparamos un locro y no sentimos nada. No sólo habíamos perdido el olfato: el gusto también. Los otros chicos tampoco olieron nada. A algunos nos dio fiebre, tos y dolor de garganta. Estaba cantado: nos habíamos agarrado el coronavirus -contó Zalloechevarría a Infobae.

-¿Le hicieron el hisopado?

-Eso es lo peor. Averiguamos y en sanidad nos dicen que tenemos que pagar 100 dólares. Y presentar un escrito al juez.

-¿Tiene la certeza de que se contagió?

-Sí. Tengo Covid de acá a la China.

-¿Y los médicos que dicen?

-Cada tanto pasan a tomar la fiebre. Si alguno vuela de fiebre, se lo llevan. Pero de a uno empezamos a perder el olfato y el gusto. Me hago jugo de naranja y no huelo nada. Hasta probé con mi perfume Carolina Herrera. Uno de mis preferidos. Y no olí nada. Nada de nada. Ni una partícula. Ese perfume me lo regaló mi papá. Somos fanáticos de las fragancias. Nos gusta oler y vestir bien. Con presencia se entra a todos lados. Mi papá los colecciona, tiene como veinte.

Su padre, Julián, fue un pistolero de renombre que robaba bancos, blindados y fábricas. En el robo del siglo había tenido un rol específico: robar sin armas dos autos y manejar la combi con la que escapó la banda, que estaba agujereada en el piso para que pudieran subir de a uno desde una alcantarilla. No entró en el banco porque aún tenía secuelas de un tiroteo con la Policía.

Por entonces, Juan Manuel -un metro ochenta, castaño, porte atlético, ojos marrones- tenía 25 años. Durante dos años había entrevistado a los miembros de la banda. Es más, llegó a ser una especie de mensajero entre los ladrones. Transmitía desde saludos o recriminaciones.

Juan Manuel no tuvo ninguna participación en el robo del siglo. Ese día, la banda que integraba su padre robó el banco con armas de juguete. Durante dos horas simularon una toma de rehenes en la planta baja y en el primer piso mientras en el subsuelo vaciaban 147 cajas de seguridad. Salieron por un boquete y huyeron por un túnel, en dos gomones que recorrieron un desagüe fluvial. El banco estaba rodeado por más de 300 policías que fueron burlados por Luis Mario Vitette Sellanes, “el hombre del traje gris”.

Cuando los uniformados entraron en la bóveda, no había nadie. Sólo un mensaje escrito por la banda: “En barrio de ricachones, sin armas ni rencores, es sólo plata y no amores”.

Consultado por Infobae, Julián Zalloechevarría está indignado. Le faltan apenas cuatro materias para recibirse de abogado. Teme por su hijo y por los demás detenidos.

-La justicia se maneja solamente con los casos más públicos. Se han ido políticos con arresto domiciliario. Tienen su derecho, pero los otros detenidos también. Los jueces fallan y en base a lo que les dé mejor publicidad o según donde vaya el viento. En esa cárcel de Florencio Varela hay muchos contagiados y no sale en ningún medio.

-Si le estoy preguntando ahora es para publicarlo.

-Lo sé. Hablo de los canales de noticias. Y de los jueces que están en esta trama de corrupción, disfrutando de sus buenos sueldos y de feria porque ellos sí se protegen, en cambio no les importa que se mueran personas en las cárceles. Son impunes. Llamé al juzgado y me cortaron. Llamé como padre. No como futuro abogado. Los derechos humanos se quedan en la puerta de una cárcel. Estoy mal porque mi hijo tiene el virus y sus compañeros también. ¿Es una competencia para ver quién sobrevive?

Juan Manuel le dijo una vez a Infobae que se enteró que su padre había robado el banco Río cuando lo citó pocas horas después del hecho en un café de Constitución.

-Hijo, vengo de hacer algo grande -le dijo Julián.

-¿Vos estuviste en eso? -le preguntó Juan Manuel mientras señalaba con el dedo índice el televisor del lugar, que mostraba las imágenes del robo.

-En el baúl del auto tengo un regalito para vos. No quiero que alquiles más. Comprate una casa.

Después fueron a la quinta y le pasaron el secador de pelo a los billetes porque estaban húmedos. Julián le dijo a su hijo que no había entrado en el banco por la operación reciente a la que había sido sometido por una hernia de disco. Pero que robó dos autos que usó la banda y manejó la combi en la que fugaron.

-Su padre está muy enojado.

-Nunca vio algo así y estuvo preso, sabe de qué habla. Y le indigna la indiferencia hacia nosotros. Hasta han liberado a asesinos y violadores. Es como si fuéramos seres que no merecemos vivir. Nos dejan de lado. Más allá de que me siento fuerte, tengo miedo. Acá no existe la distancia social. Convivimos, comemos y dormimos con el virus. Todos pasamos por los síntomas. Esto es increíble. Te contagiás de la nada. Es un tsunami. Arrasa con todo.

-¿El clima es de pánico o de acostumbramiento?

-Mirá. Al principio, terror. Pero después lo tomamos con tanta naturalidad que cuando nos cruzamos con algún compañero la pregunta es: “¿En qué etapa estás?” y uno responde: “Yo en la 1, ¿vos?”. “En la 2”. Y por allá otro grita: “¡Les gané, voy por la 3!”

-¿Cómo son esas etapas?

-Las armamos acá entre los presos. La 1 es fiebre y dolor de cabeza fuerte. La 2 es congestión nasal potente. La 3 es la pérdida olfativa y gustativa. Puede haber una cuarta, dolor de cuerpo y problemas respiratorios. Pero esto, obvio, no es médico, sino nuestra experiencia.

-Por lo pronto no hay posibilidades de hacer hisopado.

-Lo tiene que hacer el Estado. ¿No hay comida y pretenden que paguemos 1200 pesos? Un médico nos dijo que es inevitable que todos terminemos contagiados con el coronavirus.

-¿Piensan hacer algún reclamo judicial o de otro tipo?

-Estamos yendo por la vía judicial. Yo llevo casi cuatro años y sigo procesado. Pero esto del virus te quita fuerza. Ni el delito ni la chapa le puede hacer frente al virus. Por más chorro pesado que venga, el Covid lo voltea. Es un enemigo silencioso para todos. No hay día en que acá no amanezca alguien con más de 38 de fiebre. Y no lo sacan. Lo dejan y siguen los contagios. Ruego que no se muera ninguno. Pero en pocos días todo el pabellón se infecta seguro. El limpieza del pabellón lleva una semana en cama. Lo apodaron “El fantasma” Hernán porque siempre eludía a la Policía, pero acá lo cargan y le dice que no pudo escapar del coronavirus. Tenemos la ventaja de que la mayoría somos jóvenes y fuertes, pero hay dos personas mayores. De todos modos soy paciente de riesgo porque tengo asma.

A Juan Manuel se le nota la voz congestionada y tose seguido. Pide dejar la charla por audios de Whatsapp, que lo tiene permitido, porque necesita descansar.

Del cine al delito

“Nunca robé”, decía y eso lo convertía en una especie de rareza dentro de los clanes criminales. El submundo del hampa se parece a las familias de artistas: los padres les trasladan el oficio a hijos, sobrinos y nietos. Un ejemplo es el de Valor: tiene dos hijos y tres sobrinos que también roban. En muchos casos, los hijos sienten admiración por sus padres pistoleros.

-Cuando era chico -confesó una vez Juan Manuel, el menor de tres hermanos- creía que mi viejo era oficinista. Muchas veces se iba vestido de traje y con un maletín. Mi abuelo era un hombre pudiente, tenía campos y estaba metido en política. Mi viejo quiso seguir ese camino, asesoró a un diputado bonaerense, pero terminó robando para la corona.

-¿Cuándo descubrió que era ladrón?

-Lo supe de grande, porque de pibe no imaginaba que mi viejo andaba en la pesada. A veces faltaba de casa varios días y yo pensaba que era viajante. Pero en realidad robaba blindados, camiones, bancos, y andaba armado con un fusil. Un día la cana le metió un balazo en el estómago y estuvo muy mal. Ese día, cuando lo vi lleno de cables postrado en una cama de hospital, me cerró su historia. Supe que se dedicaba a robar, no hizo falta que me lo dijera. Mi viejo siempre me dijo que no lo imitara, que no siguiera sus pasos.

Juan Manuel quedó obsesionado con la historia del robo del siglo.

Quería contarla como sea. Llegó a anotarse en un taller de guión de cine que se dictaba en la Universidad de Lomas de Zamora. Veía hasta cinco películas por semana: todas de acción. Tuvo una productora y participó en rodajes. Se aprendió casi de memoria algunas escenas y diálogos de las de Tarantino y de algunas de Scorsese. Entrevistó a su padre y a los cómplices del robo para agregar escenas al guión.

Pero cuando estaba cerca de concretar el sueño de la película, lo detuvieron. Y empezó otra película, la de la vida real. Ahora escribe un libro y planea, ni bien salga en libertad, según él en poco tiempo, filmar los relatos que está escribiendo.

Pero ahora, la película es otra. Y no es un policial. Se parece a una de ciencia ficción.

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