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Siete meses varados en Berisso: los artistas del Circo Rodas que subsisten con la venta de pochoclos y peluches

La compañía de circo más grande del país iba a presentarse el viernes 20 de marzo en un predio ubicado frente al gimnasio municipal de la localidad bonaerense. Ese mismo día se decretó el comienzo de la cuarentena en el país. Desde entonces, sobreviven con la ayuda de los vecinos y la venta itinerante. Relatos en primera persona

José Caín Suárez dijo que le está ganando a la vida. Sin reparar seguramente en el volumen filosófico de su expresión, respondió con optimismo y sarcasmo la primera pregunta de cualquier diálogo. ¿Cómo está él? “Y, acá, ganándole a la vida”. “Acá” es su humilde motorhome estacionado desde marzo en el predio del partido de Berisso, ubicado frente al gimnasio municipal, un espacio que supo hospedar fiestas regionales. Y “la vida” es eso que pasa desde que el coronavirus, la pandemia y el decreto de aislamiento social, preventivo y obligatorio canceló la función del Circo Rodas.

“Sí, se hizo un poco largo”, fue su segunda respuesta, su segunda reflexión y su segunda ironía. Habían llegado el 6 de marzo a la ciudad de la provincia de Buenos Aires que comparte frontera municipal con La Plata. Iban a actuar al día siguiente, el sábado 7, pero la organización prefirió postergar el show para el viernes 20 de marzo porque entendieron que había mucha gente, muchos potenciales espectadores, de vacaciones en la Costa Atlántica, fuera de sus casas. No hubo función. El miércoles 18 la intendencia les informó la suspensión temporal del espectáculo. La noche siguiente el presidente Alberto Fernández anunciaría el confinamiento de la población. La medida se extendería hasta el último minuto del mes.

Su pensamiento fue el de todos: “Iban a ser quince días. Nos fuimos confiando pero la cosa se fue alargando. Cuando pasó el primer mes ya dijimos que esto venía feo”. Lo temporal se volvió costumbre. Hace seis meses que no percibe ingresos: sobrevive, le gana a la vida. No imaginaba ni presagiaba permanecer varado en el predio de Berisso durante tanto tiempo. Contradice su estilo de vida itinerante. Sus planes auguraban otros escenarios: hoy estaría de gira por los Estados Unidos con Carlos Villagrán, el mítico intérprete de Quico.

Tiene 56 años de vida y de circo. Nacido en Chile y criado en campañas circenses de toda Latinoamérica, es sexta generación de una familia entregada al circo. “No conozco ningún otro oficio que ser payaso”, asumió. Su identidad está compartida con su personaje: José con la peluca, la nariz, el maquillaje y el traje es Chuchoca. El hombre detrás de la caracterización es padre de siete hijos. El menor, Adolfo de 17 años, terminó la educación secundaria a distancia. Con la peluca, la nariz, el maquillaje y el traje también se convierte en el compañero de su padre: Cachi Puchi, el hombre orquesta.

Juntos protagonizan un espectáculo infantil. Habían venido por tres meses a la Argentina convocados por el Circo Rodas. Se quedaron tres años por las renovaciones consecutivas de su contrato. “La gente nos pide”, presumió. Adolfo se enamoró del país, de su gente y de sus paisajes. Hoy combaten la angustia y la desdicha desde uno de los 22 motorhome que se acomodaron en el predio de Berisso. Hay 16 familias varadas, un total de 50 personas, incluidos diez chicos de uno a trece años. “Hay parte de la logística, armadores, electricistas, una chica de ballet, una trapecista, payasos, choferes, motociclistas”, detalló Chucoca.

Uno de ellos es Hugo Alberto Escobar, más conocido como Beto, desde 2016 integrado a la familia del Circo Rodas. Tiene 44 años y vive con su mujer Olga, su hija Yacqueline y su yerno Luis en otra casa rodante distribuida por el playón berissense. “Hago la moto aérea: manejo una moto con un péndulo abajo, un cuadrante, sobre un alambre tenso. Ahí hago acrobacias, piruetas, paradas de mano, giros de 360°. También me encargo de la iluminación de adentro del circo”, relató.

La condición nómade del oficio le concedió algunos descansos: ninguno como éste. “Semana a semana trabajamos en el armado del circo o en las funciones. Es la primera vez que nos pasa de estar tanto tiempo parados. Pero nos aggiornamos. La gente de circo es especial: se adapta a las circunstancias. Nos tocó estar en esta situación y la sobrellevamos”, aceptó. Su visión habilita un optimismo vital, en contraste con los pronósticos calamitosos. Aseguró que no tuvo problemas en subsistir a la crisis y al semestre de confinamiento sin percibir el mismo caudal de ingresos.

Con la misma suficiencia con la que el artista chileno reconoció estar ganándole a la vida, Beto descartó el tamiz trágico de la coyuntura: “Te vas haciendo, le vas buscando la vuelta. De todo lo malo sale siempre algo bueno. Estamos bien, estamos comiendo. No nos falta ni nos sobra nada”. La “vuelta” es la venta de pochoclos, de algodón de azúcar, de manzanas caramelizadas, de leña. Beto hasta cortó el pasto de los jardines vecinos. En esa persecución por la subsistencia omitió el melodrama. “No hemos tenido problemas”, interpretó. Si comen es gracias a la solidaridad ciudadana: “La gente, los vecinos, el pueblo, se portó magníficamente. Nos ayudó, nos trajo un plato de comida. No puedo dejar de agradecer la solidaridad de mi país. Me consta que a todos los cirqueros que quedaron varados se los ha ayudado”.

“La gente del circo salió a lucharla”, coincidió Chuchoca. En Berisso vive una población flotante de la compañía de circo más grande del país: la otra porción se encuentra detenida en la vieja fábrica de Jabón Federal, en General Paz y Crovara, localidad de La Tablada. “Estuvimos un buen tiempo muy mal. Se hizo un comedor abierto y cada uno ponía una cosita. Nunca habíamos vivido esto. Ni por la mente se nos hubiese ocurrido pensar que tan lejos de nuestra patria íbamos a vivir así”.

Los payasos tuvieron el deseo y la esperanza de regresar a Chile. Fue lo primero que idearon. Aún tienen abiertos los pasajes, pero debido a los aplazamientos sistemáticos de los vuelos, hoy se consideran ciudadanos varados en tiempos de pandemia. En términos económicos, Chuchoca dijo haberse “dado vuelta”. Para cubrir los gastos personales, recurrieron a la venta los muñecos, los peluches del circo por los barrios aledaños. Agradeció el interés de la intendencia y los artistas culturales, que se acercaron para darles comida, medicamentos y leche para los más pequeños.

La comunidad de Berisso se movilizó para colaborar con sus vecinos provisorios. Bárbara Rossi y Emmanuel Chede, una pareja de cuna circense con poco rodaje en el Rodas, lo certificaron. Ella es bailarina y tiene 34 años. Él, dos años menor que su novia, es locutor, motociclista y electricista. Juntos viven en otro motorhome con sus tres hijos: Bruno de 11, Tiago de 9 y Jonás de solo 2 años. “La gente sabe que somos del circo y compra y recomienda nuestros productos”, agradeció Bárbara.

El shock por la incertidumbre y el desamparo económico les duró tres semanas. En abril, luego de haber vislumbrado un horizonte adverso, activaron: “Dentro de todo, la cuarentena la llevamos bien y estamos agradecidos porque podemos trabajar. En este momento, Emanuel vende algodón de azúcar y pochoclos por la calle. Pero hicimos bastantes cosas: vendimos ropa para nenes, cobre, hicimos fletes, hasta que descubrimos que la venta de copos de nieve y pochoclos funcionaba muy bien”. Por las calles de Berisso, Ensenada y La Plata, Emanuel en su camioneta va emitiendo por los parlantes un pegadizo jingle comercial: “Decile a mamá, decile a papá que compre los algodones de azúcar y los pochoclos del circo que llegó a tu barrio”.

Los artistas y empleados del Rodas -surgido en 1980 y que se ufana de presentarse como el más grande de Sudamérica y el primero en dejar de trabajar con animales- sienten el vértigo de no saber cuánto tiempo más el circo va a permanecer cerrado. Pero conservan un espíritu alegre, optimista. Chuchoca incluso pidió respetar las resoluciones del gobierno: “Hay que hacerlo, no con gusto, pero hacerlo igual. Es necesario dar una inyección de ánimo de que esto va a pasar y vamos a volver con más ganas”.

Hay quienes estudian presentar shows circunstanciales por los barrios y hasta espectáculos por zoom. “La profesión de circo te acoge, te abraza y no te deja salir”, dijo Chuchoca. La versatilidad adquirida y el corazón aventurero del artista circense explican la raíz del entusiasmo y el espíritu impermeable al drama social y económico que produjo la pandemia. Para el payaso chileno, las preocupaciones son otras: “Lo que más deseo es sacarme el barbijo para que me vuelvan a ver reír y para que los adultos vuelvan a ser niños. Me gana la desesperación por pintarme, maquillarme, entrar en la pista y sentir lo que más me agrada: el aplauso de la gente”.

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