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Golosinas eran las de antes: ¿Cuál falta y qué quiosco pergaminense marcó tu infancia?

El caprichoso llanto se transforma en interesada sonrisa con tres palabras mágicas: “Vamos al quiosco”. De repente, cesan las lágrimas en la cara del intenso nene, que se reincorpora del suelo con la remera llena de tierra tras los revolcones en pleno ataque de ira y comienza a saltar con los puños cerrados hacia arriba y un alocado ¡siiiii!

Cansados de la rutina diaria, agotados de tanto esfuerzo, los padres -suyos y del resto- recurren como último recurso a la eficiente y salvadora estrategia. No es lo ideal, pero en situaciones límites conviene negociar y llevarlos al negocio, valga la redundancia.

Verano de 1984. La calle es un horno. Todos duermen la siesta en la cuadra de Salta al 200. Los Scallia, los Pellegrini, los Nacura, los Gigena, los Boldrini, los Rojo, los Gutiérrez. La mayoría ferroviarios, arrancan muy temprano a laburar y ese descanso es sagrado para ellos y ellas. 

Hace poco volvió la democracia. Pero tampoco da para andar por el barrio molestando a toda esa gente que ronca de lo lindo con la ventana abierta y el ventilador de pie gigante al máximo de sus posibilidades.

Solo se escuchan las chicharras y el inconfundible grito de “¡Heeeelados!” de Juancho, que pasa religiosamente a las 15 exactas en bicicleta, con su impecable atuendo blanco y la cajita de telgopor detrás de su asiento conservando el frío del palito bombón y los de agua de frutilla, naranja y con suerte de limón.

Como buen comerciante, Di Pascua abre un rato antes de las 16:00 hs.. La madre peina a su hijo como si fuera a pasear. Y sí, claro que es todo un acontecimiento la visita semanal “al atrapante mundo de las golosinas”. En tiempos en que la Coca Cola resultaba un lujo, tocar el cielo con las manos, esa generación soñaba al menos con un alfajor Terrabusi o un Capitán del Espacio, entre otros manjares.

Justo en la esquina de Mendoza y Ramón Raimundo, frente a la plaza y al Club Unión, está la competencia. Allí también se consiguen las galletitas Manon, Lincoln, Merengadas o Sonrisas que los pequeños llevan al jardín o a la gloriosa Escuela Nº 4.

No hay hipermercados ni llegó todavía la invasión china. A duras penas, un par de viejos almacenes que confían ciegamente en sus clientes y suelen fiar, anotando las deudas en una libretita que solo ellos pueden comprender en medio de su desprolijidad.

Volviendo al presente, facilidades de pagos y gestos impensados para esta época -perdón si algún comerciante actual se siente tocado o sigue implementando esa generosa práctica-.

Ya en el interior del quiosco hay que esperar que Andreita se decida entre la Rhodesia o la Tita. “Las dos”, se planta la niña mimada, el por entonces amor imposible de quien escribe y luego primera “novia” a los 6 años.

Sus papis “compran” y le dan el gusto. Se va contenta. ¿Ahora sí? No, el Tonga había espiado por la ventana y primereó. Apenas el comercio habilitó el ingreso de la gente él, que vivía enfrente, se cruzó corriendo, aunque seductor desde pequeño cedió gentilmente el lugar a Andrea. El hoy abogado se lleva ‘palitos de la selva y sugus’ de caramelo y el último Suchard que queda. ¡Indefendible!

Y al fin le toca al nene de los caprichos. “¡Quiero uno igual a ese”!, le dice a la madre haciendo trompita y señalando al vecino que acababa de marcharse con el alfajor. Estaba a la vista que no había otro. Di Pascua la tribunea para calmar a las fieras. “Me fijo adentro pero creo que no repusimos esos alfajores”, sostiene el dueño del local casi resignado.

Sobreviene la previsible respuesta: “No hay más”. Otra vez llanto. Nuevamente cuerpo a tierra. Hasta que el quiosquero saca un par de ases de la manga. “Si te gustan, llegaron los paragüitas de chocolates y los juguitos helados”, ofrece y le aclara a la madre que “los juguitos salen solo 10 centavos señora”.

El alma le vuelve al cuerpo a Caprichito y respira aliviada su progenitora. A casa, felices…

Los más populares

Hubo quioscos emblemáticos y populares, algunos desaparecieron y otros sobrevivieron al paso del tiempo. Al comienzo de la Peatonal, frente al clásico de los videojuegos Charly, doñas Giménez vendían las revistas más buscadas por los adolescentes.

Asimismo, en cercanías al tradicional Bar Corcho’s, el “Manco” atendía su quiosquito a veces con la mejor cara y simpatía y otras con cierto fastidio. Así era él pero se hacía respetar a su estilo.

¡Qué manera de vender ‘mielcitas, esas que se colgaban, chicles jirafas ó bubbaloo con su relleno tan especial’ ese hombre!

Frente al Colegio Nacional, el número uno. Genio total, “Cacho”, el no vidente que distinguía y sabía diferenciar hasta los mapas y se cansó de comercializar también los chocolates Shot, luego los Tofi y los caramelos Media Hora y aquellos que venían en tira.

El gran Parre, cuervo de ley, fue pionero con los metegoles en la UOM y ofrecía las bolsitas de girasoles cuando estaban de moda.

Como olvidar al de la Plaza de Ejercicios, que también marcó una época y la infancia de muchos. El “gigante” que tenía de todo para que los pibes se hicieran una panzada.

Y los de Juan B. Justo que la muchachada de Centenario siempre recordarán. Los de las avenidas y los barrios. Golosinas eran las de antes. ¿Quién no se dio un gusto? ¿Vos de qué quiosquero y dulce te acordás?

* El autor es periodista pergaminense, uno de los autores del libro “Fuerte al medio” y jefe de Deportes del Diario La Mañana de Neuquén

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