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La historia en carne propia de una víctima de las fumigaciones: “Lo único que importa es que sea con la mejor calidad de vida”

María Florencia Morales vivía al costado de la Ruta Nacional Nº 188, en el Barrio La Guarida, a pocos metros de Luar Kayad y tuvo que mudarse cuando se enfermó de cáncer. “Lucho y hago conocer mi historia” para “que no se envenene a nadie más”.

Es una vecina más. Mujer luchadora como pocas, esposa y mamá. Se llama María Florencia Morales y se mudó a Pergamino el Día de la Independencia de 2011. Lo hizo con su esposo e hijos, con la ilusión de construir un futuro mejor en nuestra ciudad, donde su padre había crecido y “siempre habíamos disfrutado visitar”.

Junto a su compañero de la vida, trabajaban en distintas tareas y vivían en una quinta situada sobre el margen de la Ruta Nacional Nº 188, en el Barrio La Guarida, a pocos metros de Luar Kayad, en una “casa que construímos, al lado de la de mis padres”, contó Florencia a PRIMERA PLANA.

“Era muy agradable vivir allí, salvo por algunas fechas en la que un olor penetrante e insoportable nos inundaba hasta el punto de volverse irrespirable: las épocas de fumigación”, recordó. Y describió que “pegado a nuestro alambrado, un campo. Fumigaban de día con aviones y de noche o madrugada con los ‘mosquitos’, dejando los envases de veneno, de glifosato, destapados y esparcidos por todo el territorio fumigado”.

Florencia explicó que “mis hijos y nosotros pasábamos episodios de broncoespasmos recurrentes, problemas dermatológicos como manchas o forúnculos, rinitis, etcétera. Recuerdo que teníamos una pareja de loros que al día siguiente de una de las fumigaciones nocturnas, los encontramos muertos e hinchados. Algunos perritos también se morían de tumores que les salían pero no relacionábamos hasta ese momento de dónde provenía tanto daño”.

En junio de 2016 nació el hijo menor de Florencia. “Todo sale perfecto por suerte e inicio la lactancia, tal cual lo hice con mis dos hijas”

Dos meses después “duchándome, me palpo una dureza en mi mama izquierda, apenas perceptible. Consultó con mi ‘obstetra-gineco’ y me indica una ecografía, pero con el indicio de un galactocele o acumulación de leche materna.

Como la ecografía “no definía claramente el diagnóstico, pero tampoco se veía bien y además crecía muy rápidamente -llegó a medir 3,5 por 2,5 centímetros-, me manda a realizar una mamografía”. Además, Florencia sufría otros síntomas anormales como cansancio extremo, dolor generalizado y caída de pelo, entre otros.

“Ante mi ansiedad y las imágenes, me propone extraer el tumor mediante una cirugía, lo cual me causó temor y decido recurrir a la clínica que tengo por mi obra social, en Junín, donde me atiende un mastólogo, quien desde el inicio me dice que el panorama era preocupante”, añadió.

Le indican “un procedimiento llamado core biopsia, en el cual extraen una pequeña muestra del tumor con una punción guiada por ecografía, sin necesidad de mayores preparativos como anestesia o internación”. Esa biopsia, la semana posterior, arroja el resultado de carcinoma infiltrante: Cáncer de mama.

“Ahí sí relacioné todo. Algo dentro mío me alertó. ¿Sería posible que ese olor penetrante e irrespirable, los malestares, las enfermedades recurrentes, los animales enfermos, etcétera, tuvieran relación con lo que me estaba pasando? Tenía que poner a salvo a mi familia. Nos teníamos que ir de ahí. Mudarnos. Dejar la casa que tanto nos costó construir. Y así fue”, describió a PRIMERA PLANA.

La familia de María Florencia Morales se mudó a una vivienda del Barrio Acevedo. Y, otra vez de cero, volver a empezar. “Con dolor y miedo por lo que se venía y a la vez sumarle el dolor de perderlo todo.

“De ahí la locura. La desesperación de la gran posibilidad de no ver crecer a mis 3 hijos. El pánico. Los 10 mil trámites burocráticos para los análisis con el fin de saber que tan expandido estaba, visitar distintos oncólogos de distintas localidades para que me dieran una esperanza de la cual sujetarme y, en cambio, encontrarme con sus terribles pronósticos por ser joven, con 36 años y por mi subtipo de cáncer que arrojó la inmunohistoquímica Her2 positivo -muy agresivo-.

“Los gastos inconmensurables, los viajes, porque los estudios de medicina nuclear PET, TAC, Gammagrafía ósea, RM, mi obra social, me los cubría en Junín; días laborales perdidos y alquiler de la casa a la cual nos mudamos por no poder habitar la nuestra”, detalló.

Pero como quien se está hundiendo en arena movediza, hubo manos que a Florencia la ayudaron a emerger y la empujaron a no detenerse ante la circunstancias del momento. “Mi familia, mis amigos y mi oncóloga, una gran profesional y ser humano, quien lleva mi tratamiento, me ayuda y asiste permanentemente.

“Hice quimio, mastectomía con vaciamiento axilar y terapia hormonal”, resumió.

Todo estaba bien hasta abril del año pasado, cuando “me detectan recidiva, un nuevo tumor, en la cicatriz y a los 2 meses empiezo con mucho dolor para caminar.

“Con una crisis de dolor lumbar que no podría describir con palabras lo que se siente y me descubren múltiples metástasis óseas en al menos 3 vértebras y sacro”.

La someten a una intervención quirúrgica llamada cifoplastia, en la cual “cementan 3 vértebras para que no colapsen y dañen la médula. Luego, rayos en toda la columna y más quimio. Incluso me realizaron un análisis genético para saber si cargo con genes defectuosos por herencia, que provoquen mayor propensión a la enfermedad, llamado BRCA, el cual arrojó resultado negativo”.

Florencia, en la actualidad, se podría decir que lleva adelante una vida “lo mas normal posible, con las restricciones y discapacidades que conlleva tener cemento en 3 vértebras, el daño que ocasiona la enfermedad y los tratamientos agresivos. En control, estable, pero en etapa IV”, señaló.

“Siempre agradecida de aún estar acá, de ganar este tiempo extra, con mis hijos, viéndolos crecer. No importa por cuánto tiempo más, ya no me lo planteo” porque “cuando pasas por tanto, lo único que importa es que sea con la mejor calidad de vida posible y no ver a ningún ser querido padeciendo algo similar”.

María Florencia Morales aseguró que “por ese motivo lucho y hago conocer mi historia” para “que no se envenene a nadie más; para que nadie tenga que soportar respirar tóxicos en pos de engrosar el bolsillo de personas ambiciosas y sin escrúpulos.

“Nos merecemos un ambiente lo más sano posible. Que nos respeten y respeten nuestro derecho fundamental. El derecho a la vida”, aseveró.

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